miércoles, julio 18, 2007

Como el hambre y la sed

Es una sensación antigua e intensa, que viene de golpe, en cualquier circunstancia, a cualquier edad; es como un dolor, o como una fiebre que hay que bajar. A mí, como a la mayoría, me tomó por sorpresa.

Estaba sentado en un cordón de la vereda, en mi barrio, ese pueblo tan rodeado de autopistas que parece una fortaleza, haciendo nada, o algo quizás, mirando algo en particular sobre la zanja de Ugarte, una imagen hecha al azar por el agua podrida y los líquidos residuales que escupía el desagüe de la Fábrica Química, cuando el sol, bien alto, la tornasoló milagrosamente hasta elevarla varios centímetros, por encima de mis zapatillas topper de rollinga, en forma de mínimo arco iris.

Quedé fascinado, como los niños de Fátima, o los arrieros que no pudieron cruzar el río Luján. El aceite que flotaba en el charco de agua se reflejaba en el aire, revelándome el futuro con lentísima dinámica. Pronto un hormigueo me tomó el cuerpo, clavando aguijones acá y allá, desde la cervicales hasta la parte lumbar. Era el deseo, que me quemaba vivo. Me puse de pie y enfilé rápido hacia mi casa, para hacer los preparativos. Había llegado la hora de hacerme a la mar, cuanto antes, por las rutas argentinas.

Era paradójico. Por más que vivía a pocas cuadras de la General Paz, casi no conocía la Capital, y ahora, antes de hacerlo, me iría a descubrir el interior del País. Creí conveniente viajar con uno o más compañeros, así que convoqué a varios amigos del barrio, con quienes, en más de una ocasión, habíamos soñado aventuras mientras los veranos se encarnizaban con nosotros en las calles muertas de La Matanza, lejos del bosque, del mar y de cualquier idea de vacaciones. Lamentablemente, todos me dieron la espalda con diferentes excusas.

A último momento, pensé en uno de mis amigos del Colegio Secundario: Daniel, al que le cantábamos está muerto, está muerto, porque era un tipo callado y reflexivo. Su apodo era Mumra, o La Momia. Lo llamé por teléfono y se lo propuse sin vueltas. Él, fiel a su estilo, guardó un rato de silencio, que me pareció eterno. Del otro lado del tubo, su respiración era lenta. Pero esto fue sólo al principio, porque después se fue acelerando cada vez más, hasta agitarse, como si estuviese tomado envión para contestarme, gratamente, que sí, que vendría conmigo al sur.

Una mañana de enero salimos en tren de Constitución, rumbo a Bariloche. El plan era bajarnos un poco antes, en la ya mítica estación de Ingeniero Jacobacci. Allí haríamos trasbordo con la trochita que iba hacia Esquel.

Lentamente, dejamos la ciudad. A medida que avanzamos, los barrios de Zona Sur eran cada vez menos urbanizados. En un par de horas, las vías nos metieron en el campo. Miré a mi alrededor: el vagón estaba repleto de mochileros. Todavía nadie se movía de su asiento ni socializaba, hasta que, de pronto, se hizo la música, cuando yo desenfundé a Malena, mi guitarra callejera llena de cicatrices y cinta de embalar, y con la poca vergüenza que me caracteriza (mis amigos y mis clientas pueden dar Fe), empecé a tocar, con alma y corazón, las más viejas canciones de Rock Nacional.

Inmediatamente, la gente se acercó a nuestro asiento, y sin regatear se sumaron otras guitarras, todas chicas ansiosas por decir lo suyo, y también armónicas, y hasta una flauta traversa. Era el comienzo soñado.

Para Daniel se trataba del primer y último viaje de este tipo; para mí, en cambio, era apenas el primero de una larga serie de recorridos memorables, que me llevarían, en los años siguientes, a conocer el territorio casi de punta a rabo, a vivir todo tipo de aventuras y anécdotas bizarras, emocionantes, inclusive peligrosas.

Pasamos toda la noche cantando. Las chicas eran una más linda que la otra, la mayoría con pelo largo cayendo sobre los costados de la cara, flequillos rectos y pañuelitos atados al cuello. Entre canción y canción, tuve la suerte de transar con una en el fuelle. Cuando dejamos de besarnos, descubrimos que se había hecho de día. Alguien avisó que estábamos cruzando el Río Negro. Enseguida volvimos a nuestros lugares para mirar por las ventanillas:

Puntos en el paisaje violentado, pobres tierras ganadas al río, bóvedas negras ganadas al hueso donde los ojos parecían flotar como estrellas secas, en cielo podrido, como ojos de pescado muerto, espíritu de aventura, raspaba la cabeza con los dientes, despellejaba el cuero hasta pelarnos el cráneo, drogaba la marcha de la vida a la vida patética de uno, partía el silencio con lo humano, apuraba con expresiones rápidas, decía que viajando se fortalece el corazón, por la inercia, del enamoramiento y la juventud, que movía montañas y las corrientes de los ríos, hasta que perdíamos la fuerza, envejecidos, en comunión, en el mar adentro.




Continuará, tal vez.
Cómo como: Como como.
Cómo veo: Como veo.

4 comentarios:

Marina dijo...

Me gustó mucho el relato Rexius.

Me gusta mucho viajar también.

Me gusta ese deseo que se impone como el hambre o la sed

saludos

Ramonita dijo...

Después de leer este lindo relato, tengo ganas de viajar!
Saludos Juan.

juandiego dijo...

gracias muchachas! besos-

happening dijo...

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