lunes, enero 16, 2006

Fabio Leguizamón (1 de 3)

Estudié ingeniería en Francia durante cinco años. Apenas regresé al país conseguí trabajo gracias a las influencias que movió mi papá en Buenos Aires. Eso sí, no pude disfrutar ni descansar ni visitar amigos. Pero la verdad que no podía quejarme, porque no tenía experiencia y ésta era una gran oportunidad para mi carrera, un contrato importantísimo y bien pago, así que viajé inmediatamente y me puse a disposición de los directores de la obra. Mi función era supervisar a los albañiles en el nuevo trazado del pueblo de Junín. Corría el año 1857.
Mi estadía allí transcurrió sin mayores novedades. Casi todo el tiempo estuve abocado al trabajo. Salí con algunas mujeres, pero ninguna cobró demasiada importancia, salvo una quizás. Era hija del maestro mayor. Nos frecuentamos a escondidas durante unos meses. Al principio la relación fue intensa y mi entusiasmo sincero. Estaba contento, pero poco a poco, como me pasa habitualmente, fui perdiendo interés y no la vi más.
Después de tres años, cuando la obra estaba casi terminada, decidí volver definitivamente a Buenos Aires.
El último día, mientras esperaba la diligencia, entré por primera vez a la nueva casa de ramos generales, la casa Basterreix, con la intención de comprar comida para el viaje. Era un día tormentoso: lluvia, viento y oscuridad. En el almacén había solamente un hombre, muy viejo, que estaba sentado en una silla junto a la pared, durmiendo.
Llevaba calzadas unas botas de potro y tenía puesto un poncho patria, su cara estaba medio oculta debajo de un chambergo de fieltro muy inclinado hacia adelante. Me llamó la atención sobre todo el cuchillo, pues lo tenía desenvainado, empuñado en la mano derecha y apoyado sobre el pecho. Era un cuchillo hermoso, de gavilán recto, terminado en las puntas de forma escultórica con cabezas de leones.
Permanecí en silencio y observé al viejo con curiosidad: su respiración era muy lenta, tanto que por momentos daba la impresión de un muerto. Nada cambió durante un rato, hasta que súbitamente se incorporó.
—¿Qué necesita? —Me preguntó con voz enronquecida.
Enseguida se acercó hasta mí y empezó a investigarme de arriba abajo, sobre todo la cara.
—¡Cruz diablo! —Me dijo.
Yo no entendía.
—¿Cómo se llama usted? —Me preguntó.
—Juan de Alvarado.
Meditó un momento, sin quitarme la vista de encima. Al cabo de un instante, volvió a preguntarme:
—¿Y el apellido de su madre?
—Leguizamón.
—¡Ahá! ¡Leguizamón! ¡Lo sabía!
—¿Conoció usted a mi mamá?
—A su madre no, yo conocí a Fabio Leguizamón.
—¡Mi abuelo! —dije con excitación—. El papá de mi mamá. ¡Pero qué bárbaro! Es realmente increíble que usted... ¿Cuál es su nombre, señor?
—Mariano Corvalán.
—Le pido por favor que me cuente sobre él. Yo no pude conocerlo y sé muy poco de su vida, salvo que fue soldado y que participó en la campaña del ejército del Norte.
—Sí, bajo el mando del general Belgrano —agregó—.
Nos quedamos en silencio un momento.
—¿Acaso su madre no le habló de él?
—Mi mamá murió en un accidente cuando yo era muy chico.
—Entiendo.
—¿Pero qué sabe usted? Cuénteme por favor. Pero antes, dígame, ¿cómo es posible que me haya reconocido?
—Su cara, muchacho.
—¿Mi cara?
—Sí, joven, es la misma cara de su abuelo. ¿Cómo olvidarla? ¿Cómo olvidar a Fabio Leguizamón?
—¿A qué se refiere? ¿Fueron amigos?
—No sé si puedo llamarlo de esa forma, pero le aseguro que jamás voy a olvidarlo.
—¿Por qué, señor?
—Primero, porque él me salvó la vida, pero mucho más por otras cosas, difíciles de explicar.
—No entiendo bien, le ruego que sea más preciso.
—Venga, siéntese.
Corvalán me alcanzó una silla. Sirvió un plato de pororó para compartir y me contó esta historia, la de mi abuelo, Fabio Leguizamón:
(continuará)

4 comentarios:

Funes dijo...

Uh... qué cruel cortarlo en los dos puntos...

ememe dijo...

Má, más, queremos más.

Diego Lebedinsky dijo...

buenisimo

Rex dijo...

Qué grande esta hinchada. Gracias. Pronto va la segunda parte.