viernes, enero 13, 2006

Emmeline Grangerford

En ese libro genial titulado Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain presenta a un personaje infantil muy tierno, aunque misterioso: una niña que aún no había cumplido los catorce años y que era aficionada hondamente a la poesía. Se llamaba Emmeline Grangerford y era capaz de escribir poemas sobre cualquier cosa, pero con una salvedad: tenía que tratarse de temas tristes.
Para inspirarse coleccionaba recortes de necrológicas y accidentes y los pegaba en un álbum. Mientras vivió, Emmeline gozó de cierta popularidad, pues cada vez que alguien moría aparecía en el velorio, aunque no conociera al difunto, y allí componía rápidamente un poema que denominaba "homenaje", que luego recitaba.
"Cada vez que moría un hombre, o moría una mujer, o moría un niño, aparecía ella con su "homenaje" antes de que se enfriara el muerto. (...) Los vecinos decían que primero llegaba el médico, luego Emmeline, y más tarde la funeraria..."
Yo la conocí en San Justo, promediando la década del 80.
En aquella época realizaba junto a unos amigos varias actividades comunitarias en mi barrio. Trabajábamos con diferentes instituciones, como la Sociedad de Fomento, la escuela 137, la parroquia Sagrado Corazón, los Scouts, etc. Una buena parte de los alimentos que administrábamos la conseguíamos a través del peronismo. Ya sea por intermedio de la Municipalidad, ya por las Unidades Básicas cercanas, la mayoría de nosotros tenía relaciones con militantes y punteros. Y para que te den, tenés que dar algo a cambio. Y en La Matanza eso significa poner el cuerpo.
En una oportunidad, fuimos a la Municipalidad que está en Ugarte y Caaguazú, en Villa Celina, y pedimos una buena cantidad de alimentos para un campamento que estábamos organizando. Nos firmaron un papel y nos derivaron a San Justo. Fui con dos pibes esa misma tarde, a unos galpones del Partido Justicialista donde laburaba un montón de gente. Me acuerdo que estaban en plena campaña. Nos dijeron que "lo nuestro" iba a llegar más tarde, tipo 8, así que teníamos que hacer tiempo. Enseguida nos engancharon para ir a pegar carteles. No podíamos negarnos. Nos subieron a una camioneta junto a otros dos muchachos y empezamos la recorrida por todo San Justo.
Después de tres horas de trabajo, el chofer, un tipo bastante simpático, para la camioneta, baja, y nos dice que tenía que pasar por un velorio, que por favor lo acompañáramos, que eran cinco minutos, que tenía que saludar a no sé qué pariente del finado. Todos quedamos estupefactos. El tipo insistió tanto que, al final, aceptamos, aunque le remarcamos que tenía que ser algo breve. Sí, sí, no se preocupen, nos repetía, es un toque. Nuestro viaje pegaba este giro increíble. Se hacía de noche y nosotros yendo a un velorio cuando todavía teníamos que ir a buscar los alimentos que nos habían prometido. Llegamos. El chofer, Tito creo que le decían, nos insistió para que entráramos. Parece que teníamos que hacer bulto, no sé por qué. Hay una escena de la película Esperando la carroza que debe estar sacada de aquel día: un pasaje donde obligan a un chico a entrar al supuesto velorio de Mamá Cora. Apenas entramos, Tito se encontró con su amigo y empezaron a charlar. Mis compañeros y yo nos sentamos y esperamos. Había poca gente y mucho silencio. De pronto, una nena se puso de pie, desplegó una hojita y, sin preámbulo de ninguna clase, empezó a leer un poema junto al cajón. Quedé impresionado. Todos los que estábamos allí, supongo. Y me dio mucha tristeza, aunque la nena no lloró ni demostró estar apenada, sólo leía, con mucha solemnidad, su poema. Lo primero que pensé, evidentemente, es que el muerto era un ser querido de la nenita, tal vez el abuelo, quién sabe. Pero no, porque cuando nos fuimos, Tito nos contó que, hablando con su amigo, éste le dijo que no tenía idea de quién era esa nena ni por qué estaba leyendo eso. Increíble y bastante aterrador. Nos despedimos y volvimos a los galpones del Partido. Al final nos dieron los alimentos y bastante tarde volvimos a Celina.
No sé qué habrá sido de aquella Emmeline bonaerense. Si aún vive, ya debe estar cerca de los treinta. La imagino, ahora, en alguna casa de La Tablada, de Aldo Bonzi, de Ciudad Evita, leyendo sus homenajes a hombres caídos en desgracia.

11 comentarios:

ememe dijo...

con qué música?

daniela gutiérrez dijo...

uy!, yo también la conocí pero estaba pupila conmigo en la escuela; nos daba un poco de miedo pero más nos atraía. Es aquellos años se llamaba Evony. Me encantó el post y me trajo mil cosas de recuerdo.

daniela gutiérrez dijo...
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funes dijo...

Tal cual... el texto me trajo muchos recuerdos, los pocos velorios a los que fui hubieran disfrutado de su presencia...

No estaría mal que alguien la conociera y leyendo tu post se quede tieso al recordarla, ¿no?

Rex dijo...

ememe: Hola, qué sorpresa.
Ahí agregué un link a tu blog.
Emmeline lo escribí hace un tiempo, la verdad que no me acuerdo con qué música salió. Pero Sol blanco, por ejemplo, uno de los posts de abajo, fue con Guanuqueando de Ricardo Vilca en modo repetición.
Un beso

Daniela y Funes: Muchas gracias a ambos.

Scaramouche dijo...

Supongo que esta Emmeline bonaerense se debe haber consunido de tanta tristeza y desolación.

ememe dijo...

Me gusta tener un link en tu blog,
gracias.
Qué preciosas cosas escribiste!

Kaco dijo...

Qué ritmo tiene su teclado, señor. Un gusto haberte leído.

Rex dijo...

Muchas gracias.

Silvia Dabul dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Rex dijo...

Mil gracias Silvia.
No leí La cama de Aurelia. Trataré de hacerlo.
saludos