martes, febrero 19, 2008

ampere diecinueve y veinte

19

Prefiero seguir mi camino hacia la farmacia. Pongo un pie en la calle. Un colectivo pasa rasante y me salpica la ropa con el agua podrida del zanjón. Criiiiii. El extranjero llama por teléfono. Atiendo. La sed de venganza sube los niveles del muñequito y empiezo el atletismo. Lo corro varias cuadras, hasta que por fin lo alcanzo en un semáforo. Qué suerte, tiene la puerta abierta, así que subo y lo encaro al conductor, que no entiende nada, y lo arrastro por el interior del coche, agarrándolo de los pelos. Los pasajeros, dispersos, depositan sus razones en las cosas, en los asientos, las ventanillas y los espejos inclinados. A mitad del pasillo, el cuerpo del chofer es mi botella de tinta. Yo la estreno, destapándole la boca. La verborragia corre por las canaletas de goma, formando largas oraciones en el piso. Tarde o temprano, suena el timbre y la escritura cesa, porque el hombre ha llegado a la parada. Chau, desciende por la puerta de atrás.



20

Camino por la calle ondulante. Fuerzas de la conducta, encadenan bocinazos y desencadenan motores. La población se dirige al centro de la ciudad, en un tránsito lento. Los carteles de señalización orientan el sentido de la neurosis. Las publicidades orientan el sinsentido de la psicosis. Las fuerzas de la ley dan clases de apoyo. En la profundidad del sonido, oigo el clamor que proviene de las casas que generan monstruos. Al llegar a la farmacia, me atiende el viejo de siempre. Le pido lo mío, pero no me contesta. Se muestra preocupado. Entonces le digo imbécil, cuántas veces se lo tengo que repetir, tráigame dos cajas de Amoxidal 500. Con la cabeza gacha, contesta que no queda más. El ignis se me sube al ojo. Le digo viejo del orto, ¿cómo que no hay más? Tembloroso, dice no se preocupe, le puedo vender el genérico, la droga es amoxicilina 500. Que te parta un rayo, viejo forro, quiero amoxidal 500 y no me digas que no tenés ni me vengas con la sanata. Ahora con un poco más de entusiasmo, levanta la voz y dice no entiende que no tengo, ¿qué quiere, que lo invente?. Yo miro alrededor hasta que descubro una botella de no sé qué mierda azul y se la parto en la cara y le digo forro hijo de mil puta, traeme lo que te pido. El viejo se larga a llorar. Salto el mostrador, le hago un consputo de flema y lo empujo contra los estantes, que caen en efecto dominó. Me tiro encima, lo agarro del cuello, hasta que se queda sin aire. Chau, toma el tren hacia el sur que allá te irá bien.



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3 comentarios:

Juan Dé dijo...

ilustración: james jean

rodrigo dijo...

botella de tinta! jaja. me cagué de risa!

morgana dijo...

qué tremendo...
si lo educaras a jael capaz que descubre otras drogas que lo ponen menos desbordante.
Pero no, no lo hagas porque a mí me gusta así.
Qué tremendo (hay unos detallecitos del ampere 19 encantadores -las razones dejadas en los asientos- y el 20... es más de mis favoritos)
Saludos.