viernes, junio 22, 2007

La música rota

En las noches de invierno, primero, ese brillo de la expectativa: la especulación; después la escalera en la Facultad de Ciencias Sociales sobre la calle Marcelo Té, los ojos verdes que estamparon la tela, el beso en Plaza Houssay, el viaje a Ushuaia con objetos, la foto azul junto al Lago Argentino en el Parque Nacional, alcanzarnos en el paseo, pero breve, trágicos los episodios entintados, pero de amor la convivencia supuraba en Haedo, era grito feroz y final: el timbre; avisaba la chicharra que el flete la exigía con sus cosas, y yo, hermano de mi cuerpo junto al matinal, no pude tolerar la gente desesperada que gritaba (por mi boca) y escapé Juan famélico a la música, lejos del departamento horizontal y los cerastas vecinos, de las propétides chismosas, de los jueces de la panadería, del taller, del kioskito, golpeando con los pies cada segundo un segundo final en la corrida, por la calle que se rompía como la caja de la guitarra (regalo de ella) adentro de la caja del flete en movimiento.

Ana cargó sus cosas y salió de la casa cuando yo famélico a la música escapaba, fascilante, estrechoso cuesta abajo hacia Rivadavia y la vía del Sarmiento, a través de calles interiores, de veredas que prendían las luces, que apagaban las luces, en la romería y en el obbrutesco de las facciones, campo inevitable, campo irreparable, el cuerpo se había transformado en una postura de ademanes paralizados.

Llegué caminante negro-blanco como este túnel, ausente como un hombre de fotografía, intermori, demori, decedere, obire, eppetere, perire, interire uno dos uno dos contrario al flete, dentral, roctúmbilo de una mañana con sol blanco en el conurbano residencial, mientras enanizaba el día.

Me senté en el piso junto a la vía, dos cuadras pasando la estación Haedo. Pensé, con la salina y el ojo hinchado, acaso dormir, por qué no, la música permanente, apoyado junto a mis solsticios treparía árboles debajo del tren, y no importarían las caras ofuscadas acá, burlonas allá, de los pasajeros, de los policías y los bomberos que me rodearían, porque pronto me acunaría lentamente, sobre la hemorragia acolchonada y el hormigueo, adormilado y cubierto por el canto rodado, entre durmientes doble t de acero, veloz en un flete que desbarrancaba en el precipicio de nuestras imágenes del sur, del viaje al sur, del viaje a dedo.

Sentado cerca de los rieles imaginaba la película, y oía voces posteriores sobre los metales en movimiento: un regodeo por la tristeza familiar y la desesperación de ella. Ana saltaría las vallas y abrazaría su Juan descuartizado por las ruedas: los despojos esparcidos del romance perfecto. La sangre y los cuerpos multiplicados de mi cuerpo serían un cáliz en sus manos para los pasajeros. Uno a uno comulgarían nuestra historia en Haedo, un poco en Morón, un poco menos en Castelar.

Imaginaba el final como un conjuro a la desgracia: nos veía en la felicidad restaurada, doméstica, corriendo los muebles como por arte de magia y barriendo el polvo que entró por la ventana, no sé de dónde. A la noche subiríamos la escalerita caracol hasta la terraza, donde comimos pan dulce y descubrimos al colibrí entre los árboles.

Pero campito distante el preámbulo cedió y el pasto se marchitó detrás de la cortina, se deshizo el paisaje porque surgió ante mí la ciudad profunda, indiferente, que ignoraba mis delirios, y apenas pude oír un chapoteo de rulemanes.

Entonces me apabulló el tren que podía aplastarme, arrastrarme las tripas por cientos de metros, y me espanté, di un paso atrás, y otro, uno más.

(Qué ibas a hacer, decime qué, caído, pálido, decímelo, agrietado, gritás, llorás, la gente te ve, te caés y querés rezar, te arrastrás como un loco sobre la basura, Juan encadenado, afónico en el patetismo, inventado para el piso, no habrá salida, sólo tiempo, aferrado al dolor en el estómago, al herpes en el ojo, a la alergia y el edema de glotis, a la fobia y la taquicardia. El cuarto negro y chiquito te espera en Boedo, limpiador de inodoros, allí comerás negrura, comerás silencio y nada te alcanzará, muerto de hambre; ella no contestará tus llamados y así volverás a la idea en el balcón, pero darás un paso atrás, otra vez, y otro, uno vez más, aunque te martillen la sien te atarás a la pata de la cama mirando al sur.)

Las caras que pasaban cayeron conmigo en el plano inclinado de la calle Veinticuatro de Noviembre; agarrado del aire le apreté la mano a la mano mutilada por los balancines del mecanismo dentado, de la angustia primero, de la apatía después, una suerte gravitacional para el principiante enamorado que bajaba, se compadecía y dejaba que su compasión lo conmoviera con relatos del sur, del viaje, del dedo, de Ana.

Pero el sol todavía estaba alto arriba del escondite; en marzo lo habré pensado, que si me ponía de pie y llegaba a la esquina, el ciento veintiséis agarraba derecho y me bajaba en la Facultad, que si hacía cola en la ventanilla tarde o temprano iban a devolverme el carnet que llevan los estudiantes de Letras, porque mucho se ha hecho, pero más, mucho más, alcanzaría yo.

Acepté café, conversaciones y fiestas, cursé materias y organicé a la gente durante varios días hasta una tarde que se acercaron para pedirme el teléfono y llamarme a casa fuera de hora.

Yo contesté al adosamiento, aunque el vacilante y la medida de un largo año abajo del tren me despertaba desconfianza y reticencia, pero como eran más amables conmigo que la voz de Ana a cuentagotas, les dije sí, dije sí, compañeros.

Cuando llegó el verano me propusieron acompañarlos de campamento: otra vez el sur, de nuevo el bosque. —No sé si me conviene —pensé quedarme en el cuarto negro. —No digás pavadas, claro que sí, te conviene venir, es lo mejor para vos.

Cuando nos reunimos para elegir el lugar, un voto masivo sobre el mapa señaló el Parque Nacional Los Glaciares y yo dije ni loco, me acuerdo de ella y sangro, me pongo pálido, les digo no, eh, por favor, vayamos a otro lado, no me hagan esto, no puedo.

Pero ellos eran amigos de oídos sordos y pulso colectivo, estudiantes de pie en el centro del ambiente, entonando su marcha contra mí: “¡Los Glaciares, Los Glaciares!” Y yo sentado en la sillita verde contra la pared de la cocina tenía que decidir cuanto antes qué hacer, si volver o no volver.

¿Qué podía perder a esa altura del partido?

Por la intolerable, por la pieza hundida en la zanja del modo repetición de la imagen del sur, ¡nada!, ¡por el hastío!, no podían sacar una gota siquiera del pozo humano, de la carne salada por el ojo de Boedo, así que ojalé nomás al miedoso y llené la mochila, ¡Ma sí!, ¡Nada!, que el departamento se tragase los barrios, que por allí un farrandero pedía al doble que lo autorice, que en una de esas el bosque me pudría y yo al final de cuentas me salvaba, así que compré los pasajes.

Nunca la realidad sería tan interior, nunca el espacio tan perteneciente al tiempo ni tangible como esos días psicóticos lo cotidiano.

Cuando llegamos, empecé a llorar a escondidas: Negar los paseos, callarme, estar solo en el bosque. Se trata de no mirar el Glaciar, no mirar la loma de pasto amarillo, no el caminito ascendente, no salir de la carpa, no verte por favor. —¿Qué le pasa a Juan? A mí me da miedo. ¿Vos qué pensás? —A mí me da miedo. ¿Para qué vino? Todos estaban enojados.

Culpa secreta, pajarito bordó, tan terrible y tan lindo, volvía, se unía a mi cuello, lastimaba su gillette empicotada, me arrancaba la piel. Pajarito perverso, sacaba fotos, maquinita espía de Ana, remitía datos a la capital.

Juan degenerado repasaba cumbres, espía de Ana, escribía la patología a la doctora muda como el hielo, alumbrado por la luz impuntual de las estrellas patagónicas.

Juan pajarito de otro tiempo, ¿Qué me pedís? Decime qué me pedís, que yo trato de hacer, mezclar teclas para la masa abrillantada del monitor, ¿qué?

¡Hablá por Dios!, dale aire a la foto y levantá la vista, que te veo, puedo verte.

Pajarito de cara parecida, dedicado al fogón y la madera, creación deforme de las formas que adopté cuando me fui de Villa Celina, dale aire a la foto bordó, respiremos.

El grupo planeaba seguir viaje hacia El Chaltén. La última noche cerca del Glaciar, junto al fuego, les dije que me iba, por más que en esa época los pies nunca me llevaban a casa.

Los cambios bruscos de color pasaban inadvertidos, pero el menor ruido resonaba más en el silencio. Los ojos mostraban el veredicto de cada uno de mis acompañantes. Si pudiera señalar con los dedos de ambas manos los días patéticos, todos apuntarían a esa oscuridad de enero en Santa Cruz.

El cuerpo devolvía movimientos involuntarios, un efecto de contracturas y taquicardia. Dije sonidos desprolijos, escamados de anécdotas incoherentes, que a nadie importaba. Apenas se despidieron.

Decidí quedarme solo un día más en el Parque, antes de volver a Calafate y a Buenos Aires. La inercia de las cosas proyectaba una visión de trenes rompiendo cuerpos encima del Lago Argentino.

Cuando estañar perfiles la tarde siguiente caía, decidí buscar leña sobre la colina para mi fuego. Preñado por el desastre ahora juntaba ramas, piñas, y dudaba de todo, paranoico, como si nunca hubiera existido y todo fuera nuevo y digno de sospecha.

Pero, ¿una alucinación?, a veinte metros caminaba un zorro colorado, tranquilo, tan verdadero como increíble, olfateando los árboles cuajados. Nos miramos fijamente durante tanto tiempo que nada, ni siquiera la cresta del bosque, se movió de su lugar.

“Si la tierra es un ser vivo y tiene pulmones que por mil respiraderos exhalan fuego, puede cambiar sus conductos de respiración y, cada vez que se mueva, cerrar unas cavernas y abrir otras”. Ovidio, Metamorfosis, Libro XV.

Lento como el crecimiento o como las manos que deshacen nudos, el zorro giró la cabeza y siguió su camino a la profundidad.

El movimiento se recompuso en las hojas y en los troncos erguidos, que, en su lenta agilidad contra el cielo, pinchaban el vapor del fin del mundo.

Me senté un rato y después fui al campamento; hice fuego, miré las espirales patagónicas, Juan combado como el planeta, retrocedió mi conciencia por el flujo del veneno de la tranquilidad; ahora nada llevaría la confusión y mucho menos el miedo, porque mordido por alimañas sedantes dormiría en el sueño de las gotas que volvían desde enero y febrero de mil novecientos noventa y cinco.

(Allá nos caímos detrás del hielo; el polo se tragó nuestro romance completo. Ahora, no sé bien en qué nos convertimos. No puedo sacar una idea concreta, salvo estos pocos sonidos quebrados; es la memoria que estalla como la lluvia, sumerge los kilómetros recorridos de Villa Celina hasta Ushuaia, moja la historia humana como el fundente a los metales en la terraza de Haedo, suelda las partes en el pozo austral, cierra como la tierra las raíces, como cierra los muertos en los días comunes, cuando caen las raíces, caen los muertos, como ahora, que cae mi pobre belleza, Juan Diego, en aquel matrimonio con el fondo.)

6 comentarios:

la enmascarada dijo...

Hola! veo que lo cambiaste (bastante), es un texto que tiene mucha fuerza, lo voy a leer de nuevo.
Saludos!

Diego dijo...

Juan,

¿Salió el libros de los barrios publiado por Entropía? En el blog de la editorial está la tapa, por eso pregunto.


Saludos

Rex dijo...

muchas gracias enmascarada!

creo que todavía no, diego, pero debe estar por salir muy pronto.

saludos!

Rodrigo dijo...

Cuánta sinceridad, che! Me gusta porque siempre dejás que encontremos lugares en común. Dicho por tu voz, desde el corazón, no sé qué otro mejor fin puede tener la literatura. Textos así ayudan (invitan) a sentir las cosas de manera distinta, enseñan. Gustó.

juandiego dijo...

gracias rodrigo!

Popea dijo...

Tu relato me conmueve. Es increíble y tan natural a la vez cómo cada uno de nosotros maneja los tiempos de catarsis y locura en donde nuestro amado se nos va... curte la piel, hiele la sangre...
gracias por tu cuento!