jueves, agosto 30, 2007

El comienzo de Frankenstein

El Campito

3

Los primeros rayos del sol se filtraban por la persiana de mi pieza y los ruidos de cada mañana se ponían en marcha: en la pared retumbaban los golpes de mi vecino, el viejo Don Martín, que moldeaba con la maza su eterna construcción; en la calle parecían explotar, uno atrás del otro, los cajones de botellas contra el suelo, que los repositores descargaban frente al almacén de la Juanita; en las copas de los árboles, cientos de pájaros conventilleros, más que cantar, gritaban desaforados. ¿Quién podía dormir con semejante escándalo? Esta vez, yo no me preocupé demasiado ni me tapé la cabeza con la almohada, porque hacía rato que tenía los ojos abiertos. Es que estaba pendiente de que llegara Carlitos el borracho.

Por suerte no se hizo esperar:

—“Llega el sol tímidamente —anunció cantando la voz ronca— sobre la casa dormida y le da la bienvenida un canario, alegremente.”

Abrí la persiana.

—Carlitos, qué suerte que vino.

—¿Pero cómo no voy a venir? ¿Acaso dudabas de mi palabra?

—No, para nada. Espere que ya salgo.

Fui a la cocina y abrí la lata de las galletitas; despacio, para que no me escuchara mi vieja. Me llené las manos de bizcochitos y salí a la calle.

—Entre, sentémonos acá —lo invité a pasar al porche.

—¿En qué estábamos?

—¿Quiere bizcochitos? —le ofrecí, abriendo las manos.

—Cómo no; muchas gracias, pibe. ¿En qué estábamos? —insistió.

—En que usted y Gorja entraron al túnel con los enanos, para escapar del Frankenstein.

—Ah, sí, era un lugar abandonado de Obras Sanitarias…



“… una cueva tan oscura que ni las antorchas que improvisaron los enanos podían iluminarla. Estaba lleno de gente, hasta el fondo, si es que había un fondo.

Gorja me presentó a su familia y a algunos vecinos:

—Estas son mi mujer y mi hija, Elisa y Juana Mercante, señor Carlitos; éste es Pablo Mercante, mecánico; éste es Julio Mercante, pescador; ésta es Sofía Mercante, vendedora…

Los fui saludando uno por uno. Todos tenían más o menos la misma estatura, salvo por un señor que estaba sentado a un costado. Cuando se puso de pie, me impresioné. Era bastante más alto que yo; su cabeza tocaba el techo y por eso debía caminar inclinado.

—Buenas —me ofreció la mano.

Lo miré con un poco de miedo.

—No tema señor —me tranquilizó Gorja—, es alto pero es buen hombre; alguna cuestión genética lo hizo crecer más de la cuenta. Se llama Aldo, es el famoso enano gigante. Trabaja en la Municipalidad, se encarga del mantenimiento del alumbrado.

—Qué tal —lo saludé.

—¡Muchas gracias! —me encaró la esposa de Gorja cambiando de tema—, por haberle salvado la vida a mi esposo.

—No hay de qué, señora.

—Estamos en deuda con usted —siguió—. ¿Tiene hambre?

Antes de que pudiese contestarle ya tenía un plato de guiso en la mano.

—Gracias —le dije—. ¿Tendrá un poco más para mi compañero? —le señalé al gato.

—Pero cómo no —y le puso un plato en el piso.

—¡Atención! ¡Atención! —pidió un enano—, está por empezar la asamblea en la parte ancha. Cada familia debe mandar un representante.

—Venga —me invitó Gorja—, acompáñeme.

Tanto el gato como yo, comimos lo más rápido que pudimos y después lo seguimos a Gorja hacia el interior del túnel, lentamente, porque Aldo, el enano gigante, venía con nosotros caminando muy despacio, por ir agachado.

Avanzamos más de trescientos metros y llegamos a una curva. A partir de ahí, el camino empezó a zigzaguear. Delante nuestro, la peregrinación de antorchas que cargaban los representantes parecía una serpiente de fuego. Era una visión terrorífica. Todos iban tarareando la melodía de la marcha peronista. Era una canción sepulcral. En el techo, la humedad había formado miles de estalactitas sobre las vigas.

—Esto parece la entrada del infierno. ¿Falta mucho, Gorja?

—No, señor Carlitos; ya casi estamos.

Hicimos unos pasos más y el camino se abrió en tres. En el centro, una escalera desembocaba en un nivel inferior donde había piletones de distintos tamaños y una gran explanada; a los costados, dos corredores con barandas rodeaban la plataforma de abajo y desaparecían, unidos, del lado de enfrente, en una puertita que parecía cerrada, a media altura sobre la pared.

—Esta planta —me explicó Gorja— fue construida para abastecer de agua a todos los barrios bustos del campito. Se alimentaba de ríos subterráneos, pero a mediados de la década del sesenta se secó completamente. No se sabe bien qué pasó, pero algunos creen que fue un atentado de la oligarquía, que nos habrían chupado el agua de las vertientes con bombas gigantescas, supuestamente instaladas del otro lado de la General Paz, escondidas en los terrenos que Vialidad Nacional tiene en Villa Lugano.

—Qué bárbaro. Y decime, ¿aquella puertita adónde lleva?

—Es la salida de emergencia; da a una escalera que sube hasta la superficie, cerca de los campos galvanoplásticos.

—Va a empezar la asamblea —nos avisó Aldo, el enano gigante.

Tan concentrado estaba en la estructura del túnel que me había olvidado, por un momento, de la cantidad de gente reunida ahí abajo. Había mucho nerviosismo. Algunos gritaban; otros cantaban canciones políticas.

De pronto un enano, vestido con poncho patria, se subió al borde de uno de los piletones, que en este caso servía como una suerte de escenario. Los representantes, eufóricos, empezaron a corear su nombre:

—¡Cardenaaal!¡Cardenaaaal!

—¿Quién es ese? —pregunté.

—Cardenal Mercante —contestó Gorja—, el caudillo de nuestro barrio.

—“El compañeero Cardenaaal es un tesoooro nacionaaal! —gritaban ahora.

—¡Compañeros! —gritó Cardenal, y los representantes gritaron más fuerte.

—¡Compañeros! —insistió el caudillo, y la gente hizo silencio—. ¡Están atacando al Barrio Mercante! ¿Qué vamos hacer al respecto?

Los que estaban adelante empezaron a cantar:

—¡Paredón, paredón, a todos los gorilas que no quieren a Perón!

Enseguida se sumó el resto de la gente y la cueva retumbó. Todos saltaban. El final de la canción se repetía por el eco.

—¡Paredón, paredón, a todos los gorilas que no quieren a Perón Perón Perón!


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El campito - anteriores

1 - Carlitos el borracho y su historia del gato montés

2 - Riachuelito

2 comentarios:

alejo sarano dijo...

hola juan, no se si sabias que el Pony infiito toca en el microcine de recoleta el sabado 1.
junto a poetas estralla traidos desde interior. va a estar bueno
es en el marco de la presentaciond ela revista nº3 de el niño estanton

juandiego dijo...

gracias por el aviso, alejo, trataré de darme una vuelta.
saludos!