domingo, enero 07, 2007

El sudoeste

entré en el campito una siesta de enero
el pasto amarillo estaba tan alto
que me cubría la mitad del cuerpo
los teros volaban en parejas
con los espolones en punta

el andar achicaba los edificios de La Matanza
planeados por arquitectos suboficiales
detrás de mi tarde la dictadura
se llenaba de abrojos como las zapatillas
tocando aquel suelo viejo de los pampas

los arbolitos cobraban movimiento
y lentamente me perseguían
para que los guiase a través de la llanura
a lugares sin riesgo
pero yo caminaba por puro instinto

una perdiz levantó vuelo de repente
y yo me tiré cuerpo a tierra por el miedo
pensé que era una ráfaga de ametralladora
que los soldados me estaban disparando
por cruzar el límite permitido

a medida que avanzaba la columna crecía
centenares de árboles arbolitos y arboledas
marchaban con la copa cabizbaja
junto a los muertos recientes que se levantaban
como por arte de magia del suelo

cruzamos las calles muertas
con cuidado para que nadie nos viese
entre autos quemados por la triple A
paso a paso los vidrios rotos
se me clavaron como espinas

llegamos a la parte del eco
una especie de tosquera que llamaban precipicio
era un lugar inmenso y muy empinado
donde nadie entendía por qué
jamás se formó una laguna con la lluvia

bordeamos por la izquierda
la fila de criaturas que me seguía
empezó a tararear una canción
en el pozo humeaba una montaña de basura
pájaros negros volaban en círculos

rodeamos el precipicio y llegamos a la vía
que viene de Haedo y va para Temperley
por los baldíos atrás del Mercado Central
una trocha angosta iba cargando despacio
changarines de las pinturas de Berni

las ondulaciones eran lugares de sueños
rodeando La Chacra de los Tapiales
allí Rosas dejaba dormir al León de Riobamba
que soñaba pesadillas con Manuel Dorrego
poco a poco la tarde se estaba nublando

por el arroyito hacia el Riachuelo
entramos al descampado otra vez
nuevas calles muertas aparecieron
una red vial completa del peronismo
que uniría barrios con formas de bustos

de pronto sentí tanto cansancio
que tuve la necesidad de parar
me tiré en el pasto cerca de un eucaliptus
para dormir un poco y recuperar energías
la columna se detuvo a la par mío

no sé cuánto tiempo duró aquella siesta
al despertar los árboles que me siguieron
habían echado raíces nuevamente
ahora estaba metido en un bosque oscuro
casi llegando a Ezeiza

en el eucaliptus trepaba una de las criaturas
que peregrinaron conmigo
era el hombre gato del conurbano bonaerense
que se aferraba con las uñas largas
en lo alto de la copa espesa

sus ojos rojos podían ver
en la oscuridad
así que le pedí que me contara
cada cosa que viera
desde allí

yo anotaría
fielmente sus visiones
él vería
por mí
yo hablaría por él

tenía ponele diez años
puede ser once
me había agarrado
una especie de sarpullido
en la panza...

2 comentarios:

Guada dijo...

Este pebete cada día escribe mejor!

Juan Diego dijo...

gracias guada-