
Pasan algunas horas. Tomo el Sarmiento y después el 41. Entro a Plaza Francia. Saco las cajas de la mochila. Me acerco a un grupo de chicas:
—¿Quieren ver objetos maravillosos?
—Sí —me contestan—, si son maravillosos.
Una morocha se prueba la gargantilla. Se mira en el espejito.
—Se llama "Eleva tu glamour hasta las nubes".
—Jaja, qué linda que es.
—Sí, y no tengo adjetivos para describir lo bien que te queda. Pero cuidado, manejala con precaución porque tiene inmensos poderes afrodisíacos.
—Guau! ¿De verdad? ¿Cuánto cuesta?
—Cinco pesos.
—Bueno, me la llevo.
—Bienvenida al éxito.
Pasan años. En la casa de mis padres un tornero que lleva mi apellido sigue levantándose temprano y en un molde inyectado dormimos mis hermanas y yo, pero la cabeza de tan duro apoyo, de acero al carbono, de acero aleado al cromo, aumenta la temperatura de la fragua y el cerebro con incrustaciones va del rojo vivo al rojo blanco. Entonces la masa golpea y aplasta en el yunque: ¡Manganeso! ¡Tungsteno! ¡Molibdeno! ¡Arriba que es la hora! La máquina herramienta frentea y devasta mi tiempo. Las fotos pierden color, apretadas en una morsa que siempre está cerrándose. Ahora, voy caminando por Callao. A la altura de la calle Perón me cruzo con una chica. El día se está dando vuelta. Su cuello me llama la atención. Miro bien. Ante mis ojos pasa, fugaz, la imagen de una de mis gargantillas. Ha perdido brillo, pero cómo no reconocerla. Miro hipnotizado lo que queda de ella. El instante se alarga. Oscurece. Y la chica pasa. Se aleja. Estoy parado en plena calle. La sigo mirando. El semáforo está en verde. Los coches me tocan bocina. Subo a la vereda. La vieja clienta se va. Tengo la impresión de que la ciudad se achica y se agranda, cada vez más rápido, a la par de mis latidos. La gargantilla desaparece. Cuando la hice, yo vivía en otra casa, tenía otra novia, estaba escuchando música, llevaba el pelo más largo, pensaba cosas que no recuerdo. Ahora, la noche quema su fuego en la luz, abajo besa su cuerpo al partir, con un dejo de negro en su adiós, sin voz, sin Dios, sola con tu nombre, pastorcita, apretada al cuello de la figura que se achica, progresivamente, en el horizonte de la calle, hacia el río.
—¿Quieren ver objetos maravillosos?
—Sí —me contestan—, si son maravillosos.
Una morocha se prueba la gargantilla. Se mira en el espejito.
—Se llama "Eleva tu glamour hasta las nubes".
—Jaja, qué linda que es.
—Sí, y no tengo adjetivos para describir lo bien que te queda. Pero cuidado, manejala con precaución porque tiene inmensos poderes afrodisíacos.
—Guau! ¿De verdad? ¿Cuánto cuesta?
—Cinco pesos.
—Bueno, me la llevo.
—Bienvenida al éxito.
Pasan años. En la casa de mis padres un tornero que lleva mi apellido sigue levantándose temprano y en un molde inyectado dormimos mis hermanas y yo, pero la cabeza de tan duro apoyo, de acero al carbono, de acero aleado al cromo, aumenta la temperatura de la fragua y el cerebro con incrustaciones va del rojo vivo al rojo blanco. Entonces la masa golpea y aplasta en el yunque: ¡Manganeso! ¡Tungsteno! ¡Molibdeno! ¡Arriba que es la hora! La máquina herramienta frentea y devasta mi tiempo. Las fotos pierden color, apretadas en una morsa que siempre está cerrándose. Ahora, voy caminando por Callao. A la altura de la calle Perón me cruzo con una chica. El día se está dando vuelta. Su cuello me llama la atención. Miro bien. Ante mis ojos pasa, fugaz, la imagen de una de mis gargantillas. Ha perdido brillo, pero cómo no reconocerla. Miro hipnotizado lo que queda de ella. El instante se alarga. Oscurece. Y la chica pasa. Se aleja. Estoy parado en plena calle. La sigo mirando. El semáforo está en verde. Los coches me tocan bocina. Subo a la vereda. La vieja clienta se va. Tengo la impresión de que la ciudad se achica y se agranda, cada vez más rápido, a la par de mis latidos. La gargantilla desaparece. Cuando la hice, yo vivía en otra casa, tenía otra novia, estaba escuchando música, llevaba el pelo más largo, pensaba cosas que no recuerdo. Ahora, la noche quema su fuego en la luz, abajo besa su cuerpo al partir, con un dejo de negro en su adiós, sin voz, sin Dios, sola con tu nombre, pastorcita, apretada al cuello de la figura que se achica, progresivamente, en el horizonte de la calle, hacia el río.
Objetos maravillosos - 12 --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
7 comentarios:
simplemente HERMOSO
(continuo en otro momento)
besos
gargantilla s que brillan por la ciudad, con la potencia del recuerdo
lindo
está brillante
es una gargantilla
bueno, en fin, me gustó
Poderosas imágenes. Un rastro de hermosas palabras.
Muchas gracias a todos!
saludos
Precioso, uno sabe cuando ha dejado su huella, sabe donde la ha dejado y la ciudad se agranda y se achica es cierto.
yo vivo buscando mi gargantilla, Unique.
gracias mariposa!
besos
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