Hoy, 18 de enero, al cumplirse el segundo aniversario del fallecimiento de nuestra amiga Maru Kogan, ponemos en línea una página especial en el interpretador, desde donde se puede acceder a todas sus publicaciones en la revista y en otros sitios web.
http://www.elinterpretador.com.ar/MarinaKogan-Publicaciones.html
viernes, enero 18, 2013
miércoles, enero 09, 2013
sábado, octubre 20, 2012
Sonda
Hay señales queriendo entrar por las ventanas de las casas,
las puertas de las casas, cualquier agujero de las casas
donde tejer en sus vacíos mensajes increíbles de las bocas
del espectáculo,
gramáticas devoradoras de la percepción que ondulan voces emitidas ya no se sabe bien por quiénes;
hay señales corriendo por los nervios ciáticos de la columna
social de hombres vivos o ectoplasmas
—pues incluso los fantasmas han sido alcanzados por las
ondas dominantes—
que producen fantasías con altos niveles de efectividad en
las conductas;
y crujen, crujen las señales incluso en las oscuras piernas
tatuadas apoyadas en las mías,
señales de radio y de tv en nuestros sexos,
señales vomitadas por una ballena más que blanca;
captadas por esas mismas almas que renacen en la primavera para
perfumar con su olor a tumba los boliches,
resentidos por la invasión del mosquerío,
van y vienen doloridos, tocan la bocina en la avenida, tocan
la puerta de su jefe, tocan sus bombos de teflón si las señales
transmiten el mandato;
pequeños caníbales golpeando con los huesos de sus casas
propias o alquiladas
una aparente superioridad sobre el resto de las verdades
programadas;
hay señales eléctricas que, así como mueven zombies, mueven
árboles;
estos no habían muerto, sólo se mantuvieron quietos durante
un tiempo,
agazapados en nuestras veredas esperando la oportunidad
como ahora que sus troncos acorazados han sigo inyectados
por la droga de los poderes
y sin más rompen baldosas sus raíces enterradas hace un
siglo en las napas de sangre de las guerras fratricidas,
árboles antiguos, conservadores, respetuosos de sus mitos,
creencias y banderas,
viajaron lentamente a una velocidad peligrosa hasta nuestros
hogares con familias tipo,
abrieron terribles sus copas como antenas de cuchillos,
recibieron las señales y las retransmitieron,
penetraron ojos de cerradura con flores que, afuera, dan
alergias a los neuróticos; adentro, dan brotes a los psicóticos;
hoy sus ramas estiran hasta el último ambiente brazos
vegetales que han derribado muchos muebles y empalado muchos culos;
hay señales que todo vuelven planta,
todo el pueblo vuelve estado vegetativo en sus frecuencias
tentadoras,
repetidamente buscan tierra y buscan sol,
buscan agua día y noche para saciar su sed interminable de
lenguas quemadas en alcohol y sales finas,
y los que no se entregan, desean quemarlo todo con sus espíritus
rebeldes, pero el fuego les ha sido negado desde sus infancias educadas en
historias convenientes;
yo no sé si entregarme o prenderlo fuego todo con el fuego
que no tengo;
hay señales que no puedo interpretar y sin embargo me
dominan;
que sea lo que Dios quiera;
me quedo en la cama aplicándome inyecciones de
corticoides y diclofenac,
dando vueltas en la calesita rectangular con las sortijas
caídas en el sueño,
montado a caballito o metido en un autito,
ya no quedan posiciones para el dolor de la columna;
hay señales en el piso, en las paredes y en el techo,
y de tanto mirar el techo la lamparita se ha quemado,
así que he descubierto que todavía le queda algún poder a mi
personalidad;
cierro los ojos e intento concentrarme en la liberación,
pero no pasa nada ni nadie,
bien o mal sigo aplastado contra el féretro de goma espuma y
avanzo temas en el reproductor;
hay energías que me llevan a la muerte,
igual que a todos me trasladan en sus vagones invisibles por
las vías que no se tocan ni siquiera en el infinito,
vías siempre paralelas para un viaje que nunca llega,
la muerte no llega porque las señales abren más paréntesis
(explicaciones, didácticas, calificaciones, atributos)
y entonces parece más tarde de lo que es;
hoy, como ayer, el día no concuerda con el reloj,
como tampoco concuerdo yo con lo que pienso.
Hay música, sin embargo, filtrada en las señales.
¿Hay un médico a bordo?
Un hombre está a punto de parir,
sí, un hombre.
Los pájaros han encendido fuegos sobre las puntas de los
postes y en la calle brilla la espera;
mi memoria se renueva dentro mientras caen pedazos de
paredes,
lecciones de la escuela primaria y citas bíblicas de la
catequesis parroquial,
éstas últimas de mis personajes favoritos cuyos nombres empezaban
con la jota igual que el mío, Juan: Jonás y Job.
Hay señales musicales que no sé si son propias o ajenas
pero en definitiva qué se puede hacer salvo escuchar
canciones,
si en la cama un pararrayos –mi cuerpo- toma de la noche
la luz de las estrellas, la luz de
Dios o la luz de las ideas,
ya no importa qué utopía ha sido consumida en señales y
comunicaciones
cuando es el dolor la antena que recibe las noticias.
sábado, septiembre 08, 2012
En la noche de los niños
No volaban las palomas, no volaban los murciélagos,
era de noche por la oscuridad más que por la hora,
el día jamás había existido en las memorias agitadas
de las niñas y los niños golpeados por sus padres;
todos corrían por los bosques de antenas y de torres
cuando llovía a cántaros el agua fantasmal
una lluvia que no tenía padre ni madre como ellos,
que no era de las nubes porque no había nubes,
que no era del cielo porque no había cielo;
los chicos corrían sin gravedad por la colectora;
parecían astronautas flotando en la General Paz;
con sus trajes agujereados por meteoritos y asteroides
viajaban en la zanja cirujas infantiles del espacio;
de las respiraciones y del viento cada uno, uno solo,
todos, uno, solos, por las calles olvidadas,
perseguidos por látigos, puños y alfileres,
no volaban, pero saltaban; no peleaban, pero corrían;
allá se iban; yo los vi, porque también corrí con ellos:
nos arrojaban lo primero que encontraban,
si era un plato, si era un libro, no importaba,
cualquier objeto de la civilización era bienvenido
contra las cabezas de los niños escapando
en las calles, en la escuela y en el mundo,
cuando los animales no se atrevían a salir,
salvo los perros, nuestros queridos perros de la infancia,
que corrían por inercia, o compañerismo;
ellos te reconocían como hermano si te echabas a correr,
y por más domesticadas que pudieran haber sido sus vidas,
se desataban a campo abierto como lobos,
junto a nosotros, uno, todos,
por las banquinas que recuerdo;
por las banquinas que recuerdo;
fuimos un coro de ladridos y gritos infantiles,
fuimos rayos eléctricos provenientes de otros años luz,
fuimos una montonera de piernitas mal alimentadas,
condenados a muerte que se habían escapado
en las noches de los niños y los perros sus hermanos,
sin patria, sin familia ni dios,
al costado de la Capital una avenida
estómago vacío y corazón.
lunes, agosto 20, 2012
La emoción
Códigos y lenguajes para leer más literatura*
La amplia consigna de esta mesa
me sugería, en principio, hablar de los soportes y modos de circulación
contemporáneos que se han sumado a la publicación tradicional del libro en
papel, hablar, por ejemplo, de internet, de las revistas digitales, de mi
experiencia durante años con el
interpretador, hablar de los blogs y las redes sociales. Hablar también de
las editoriales independientes o alternativas, del cooperativismo, las
cartoneras, la FLIA. Y hablar de ese fenómeno que se multiplica en varias
ciudades argentinas con los ciclos de lectura. El soporte más barato de la
literatura: la oralidad.
Pero la consigna también me
permite reflexionar acerca de un tema que me interesa y que también es un
soporte, o un lenguaje, habría que ver si puede definirse, esencial (y
atemporal) de la literatura. Me refiero a la emoción. Esa característica humana
que a veces se traduce en temor, a veces en esperanza, melancolía, alegría o
tristeza, y que sirve no sólo para explicar la fuerza que experimentamos como
lectores frente a algunas obras, sino también para intuir que la emoción puede
ser un modo de circulación literario, que, a veces, se suelta del cuerpo
elemental, del cuerpo en papel. Porque somos varios los que amamos los libros,
pero hay que decirlo: la literatura es más que los libros.
Por más que la biblioteca, por
tradición y costumbre, albergue las obras y nombres que pudimos amar o
rechazar, o que aún esperan, en casa, en la librería o en la escuela, nuestro
encuentro, o, en la mayoría de los casos, y debido a la cantidad enorme de
títulos, una lectura que jamás se llevará a cabo; la narrativa, la poesía, el
ensayo, se filtran además en otros soportes y disciplinas, e incluso en la vida
cotidiana.
Cuántas veces, las series de
televisión, los comics, los juegos de pc o PlayStation, recurren a estructuras
argumentales y procedimientos narrativos inventados por grandes maestros de la
literatura. Cuántas veces se dice de un periodista que tiene buena pluma, que
sus estilos son “literarios”. Cuántas veces, el cine, el teatro, las canciones
poseen, según algunas críticas publicadas en suplementos culturales, “el valor
de la poesía”. Todos hemos leído o escuchado alguna vez una opinión acerca de
una película que “tiene mucha poesía”, o un disco que “tiene mucha poesía”. En
el imaginario cultural, la idea de perfección o las grandes habilidades a veces
son explicadas como poesía. Una jugada de Maradona, puede ser poesía; besar a
la chica más linda del barrio, puede ser poesía; el pan del vendedor ambulante
en Plaza Francia, cuando yo vendía anillos. Probá, loco —me dijo una vez—, esto
no es pan, ¡esto es poesía! Poesía rellena, caliente, del continente, para toda
la gente.
Pareciera que, a veces, en la
percepción popular, la literatura abandona su cuerpo elemental y se reencarna o
irrumpe, fantasmal, en cualquier actividad artística, o incluso en la vida
real. ¡Cuánta literatura tiene la vida real! Me acuerdo de mi barrio Villa
Celina. Siempre que iba al almacén de la Juanita a hacer los mandados, los
vecinos, igual que los antiguos que contaban historias en torno al fogón o a
orillas de un río, interrumpían las compras, para contar leyendas urbanas o
chismes, muchas veces exagerados o fantásticos. Entonces, la Juanita se quedaba
como congelada, con la mano en la caja de los bizcochitos, o con el queso a
medio cortar. La aguja de la balanza no marcaría el kilogramo pedido hasta que
el paréntesis —lo que le pasó a Tino, el incendio en el kiosco, la historia del
Hombre Gato— se cerrara. A mí la vista se me nublaba, porque la literatura
había desembocado por cualquier agujero negro al corazón de mi infancia y mi
barrio, en aventuras, temores y humores dignos de mi colección amarilla de Robin
Hood.
Los códigos, los lenguajes, los
soportes de la literatura son innumerables. Lo importante es abrir la mente, el
corazón y los sentidos, para que la experiencia sea enriquecedora y, por qué
no, transformadora. La lectura, como los viajes, tiene turistas y viajeros. Los
primeros cargan su mochila —costumbres y morales— y jamás se despegan de ella,
no pueden leer más que sus pretensiones o prejuicios. Hacen las excursiones que
dicta el paquete turístico y se sacan fotos a diestra y siniestra. Y están los
otros, que dejan la mochila para llegar más lejos y embarcarse en los enigmas y
los ritmos de la otredad, viajeros en tensión o intensidad, que pisan datos
escondidos y puntas de iceberg.
Ya se sabe, que en la
literatura las cosas no son lo que parecen. Por eso es importante lo que se
dice y lo que no se dice. El lector debe prestarle atención al silencio y tantear
allí puertas escondidas que abren nuevos pasajes. Puestas bajo una luz negra,
las entrelíneas se revelan escritas con vinagre y limón, oraciones y sentidos
que generalmente no escriben los autores, sino que se dan involuntariamente.
Porque la literatura es creación, pero también es descubrimiento. Por eso, no
tiene sentido el afán de comunicación. No se trata de Emisor – Mensaje –
Receptor, sino de una experiencia que contiene múltiples capas. Es inútil la
pregunta de algunos autores: ¿Se entendió lo que quise decir? Como si la
respuesta afirmativa significara que entonces es bueno y la negativa que es
malo. Los cuentos, poemas, ensayos, que aspiran sentidos únicos, sirven como
paquetes turísticos.
Ya se sabe, que la literatura
no nace de un repollo ni flota en una burbuja. Así como irrumpe en la realidad,
a veces suelta de cuerpo y de libros, también en ella se origina, por más imaginativa
que pueda ser. El lector debe prestarle también atención al ruido y tantear
allí puertas escondidas que dan a la calle. La literatura produce, más allá de
sus licencias creativas, documentos subjetivos que dan cuenta de otros aspectos
de la comunidad, de la cultura, de la política, ya que por más que no aspira a
la rigurosidad o a criterios científicos, como sí podrían hacerlo la Historia,
la Sociología, la Antropología, es, sin embargo, un acceso valioso para
comprender el espíritu de cada época. Cuando uno por ejemplo lee un texto
literario sobre Eva Perón, o sobre la dictadura, no necesariamente se informa
de hechos reales, pero sí de una emoción, de un sentimiento individual o
colectivo, que se ha expresado en un lugar y en un momento particular.
En la fundación de la
literatura argentina, hay una emoción fundamental, que luego se actualizará en
distintas épocas y personajes. Me refiero al miedo. Cuando uno lee, por
ejemplo, El Matadero, o La Cautiva, de Esteban Echeverría, se
encuentra ante representaciones del miedo, versiones locales del romanticismo
de estas tierras, frente a la melancolía imperante en la pintura romántica
alemana o la poesía inglesa de los laguistas o los satánicos. La literatura
argentina ofrece, desde mucho tiempo antes que la difusión compulsiva del
delito que hacen los medios de comunicación, versiones del famoso drama de la
inseguridad.
Esta emoción a veces cambia, a
veces se va, a veces vuelve. La anécdota del unitario de El matadero se repetirá muchas veces. En el siglo XX, el peronismo
actualiza el temor fundante, y la literatura ofrece nuevas versiones, de uno y
otro lado, entre las más conocidas podríamos citar textos que se han vuelto de
uso escolar, como “La Fiesta del Monstruo”, de Bustos Domecq; “Casa Tomada” y “Las
puertas del cielo”, de Julio Cortázar; “Cabecita Negra”, de Germán Rozenmacher;
“El niño proletario”, de Osvaldo Lamborghini. Siempre, te quieren matar, te
quieren violar. Los ejemplos son muchos, incluso en la Televisión. La anécdota
de El Matadero se repite, también, en
Okupas, la serie de Bruno Stagnaro
que inaugura el realismo sucio en la TV argentina. En el capítulo 4, titulado “El
Beso de Judas”, el protagonista, va al Docke y allí encuentra su propio
matadero, se convierte en el mascapito,
lo quieren matar, lo quieren violar. Esta enumeración es solo un ejemplo, un
sistema literario entre tantos otros, que también ha sido basado en una
emoción.
Paranoia y Parodia, explica Ricardo Piglia, son
las formas que adoptan estos relatos herederos de aquel cuento de Esteban
Echeverría. Paranoia: Casa Tomada del Matadero; Parodia: La fiesta del monstruo
del Matadero. En la periferia, que, al principio, llamaban desierto, lo cual
resultaba una paradoja, ya que era un vacío-lleno, donde habitaba el otro.
Primero, el indio; después, el gaucho; después, el inmigrante; después, el
cabecita negra; después, el villero, amenazando a la ciudad, como piojos
dispuestos a saltar la avenida de circunvalación y enfermar La Cabeza
de Goliat, como llamó Ezequiel Martínez Estrada a Buenos Aires.
Y en esa masa oscura que rodeaba a la luz (de la
ciudad), no fue necesario que se levantaran criaturas fantásticas como “El
Coloso”, de Goya (del Romanticismo español). Acá, como dijeron los realistas
mágicos, no había que inventar nada; la realidad americana ya es fantástica,
exuberante, desproporcionada. Para centauros bárbaros, hubo indios; para chusma
hormigueante, hubo gauchos y caudillos; para zombies, descamisados del 17 de
Octubre; para mutantes, obreros de fábrica transformados en remiseros y
vendedores ambulantes a finales de la década del 90. Si la historia de nuestro país
es la historia de las personas; nuestra literatura, en gran medida, es la literatura
de los monstruos que supimos conseguir.
La
literatura es muchas cosas, y entre tantas, también, un archivo de emociones.
Quizás por eso, genera tantos amores y odios. Cuanta más literatura recorramos,
más completas serán nuestra memoria y nuestra identidad, ya que el lector, como
la literatura, se hace al andar.
*Texto
leído en el 17 Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura,
Resistencia, Chaco, 2012.
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