viernes, agosto 31, 2007

Rexistencia 41 - El ángel rollinga de cablevisión (2da parte)

(ver 1ra parte)

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Tal como le había prometido al pibe de cablevisión que me hizo una promo para fibertel, hoy pasé por las oficinas para llevarle un anillo de regalo.

Pasé a eso de las cuatro de la tarde.

—Hola —me acerqué a un tipo de seguridad—, ¿está Mariano, el chico que atiende ahí en las mesas?

—Salió a almorzar.

—Okey, vuelvo más tarde.

Para hacer tiempo me fui a once, donde compré mostacillas y distintos tipos de bolas y canutillos de colores para la nueva línea de collares de mi empresa (¡son un éxito de ventas!).

Tipo seis y media entré de nuevo a Cablevisión.

—¿Vos lo buscás a Mariano, no? —me preguntó una chica que no había visto antes (parece que se había corrido la bola). Por favor, tomá asiento, ya viene.

Cinco minutos más tarde, apareció el rollinga de una puerta lateral.

—Qué hacés, loco —me acerqué—, no sé si te acordás de mí. Hace unos días me hiciste una promo y yo te prometí que te iba a traer un anillo, así que acá estoy, cumpliendo mi palabra.

—Ah, sí —recordó—, vení —y fuimos hasta la mesa donde laburaba.

Nos sentamos. Yo saqué la caja de anillos.

—Gracias, muchas gracias —empezó a repetirme.

—No, man, gracias a vos. Elegite el que quieras.

—¿Los hacés todos vos?

—Una parte. Compro los moldes y después les sueldo las bases y les pego las piedras.

—Están muy buenos. ¿Dónde los vendés?

—En los bares de Palermo, a la noche.

—Che, estos me gustan mucho —señaló los anillos de resina.

Se los fue probando uno por uno pero no le iban los tamaños.

—Bueno —dijo—, le llevo uno a mi novia.

—Hagamos una cosa —le propuse—, llevate uno de piedras para tu chica, que son regulables, y la semana que viene te traigo uno de resina más grande.

—¿De verdad? Muchas gracias, pero no te quiero molestar.

—Todo bien. Mirá qué bueno este verde —le mostré un “Brillitos embriagadores”—, seguro le va a gustar.

—Sí, es lindo —comentó, con el anillo en la mano.

En ese momento nos dimos cuenta que, atrás de una columna que estaba al lado de la mesa, estaban semiescondidos un policía y el tipo de seguridad con el que había hablado más temprano. Le sacaban fotos a Mariano con los celulares y se cagaban de la risa.

—Loco, déjense de joder —les pidió el rollinga.

El policía y el otro se arrimaron a la mesa y lo seguían jodiendo a Mariano. Después de un rato, empezaron a mirar los anillos.

—Che, pero están buenos —dijo el poli.

—Puede probarse —le contesté.

—Me parece que le voy a llevar uno a mi jermu.

—Tienen inmensos poderes afrodisíacos —le conté, explorando los límites de la venta ambulante.

Todos se rieron.

—¿Este cuanto vale? —preguntó por uno azul.

—Diez pesos.

—Bueno, me lo llevo.

—Espere que le doy un sobrecito.

—Dale.

A partir de ese momento fue un efecto dominó, porque el de seguridad también se compró uno (para la hija) y las chicas de las cajas se acercaron para ver qué estaba pasando (les vendí a todas).

Estuve sentado en esa mesa, que se había convertido en un puesto de feria, casi media hora, rodeado de cajeras que se probaban todos y cada uno de los objetos maravillosos.

Mientras en Cablevisión se formaba la Comunidad del Anillo, las filas de clientes, boletas en mano, crecían frente a las ventanillas y pronto el fastidio inundó la sala.

Tuve que levantar las cajas antes de que se revolucione todo. El aire se cortaba con una tijera. Le prometí a Mariano traerle el anillo de resina la semana que viene.

Pedí permiso y fui saliendo despacio, atravesando las filas. Los empleados me saludaban, contentos, embriagados, afrodisíacos.



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anterior:

Rexistencia 40 - El ángel rollinga de cablevisión (1ra parte)

jueves, agosto 30, 2007

El comienzo de Frankenstein

El Campito

3

Los primeros rayos del sol se filtraban por la persiana de mi pieza y los ruidos de cada mañana se ponían en marcha: en la pared retumbaban los golpes de mi vecino, el viejo Don Martín, que moldeaba con la maza su eterna construcción; en la calle parecían explotar, uno atrás del otro, los cajones de botellas contra el suelo, que los repositores descargaban frente al almacén de la Juanita; en las copas de los árboles, cientos de pájaros conventilleros, más que cantar, gritaban desaforados. ¿Quién podía dormir con semejante escándalo? Esta vez, yo no me preocupé demasiado ni me tapé la cabeza con la almohada, porque hacía rato que tenía los ojos abiertos. Es que estaba pendiente de que llegara Carlitos el borracho.

Por suerte no se hizo esperar:

—“Llega el sol tímidamente —anunció cantando la voz ronca— sobre la casa dormida y le da la bienvenida un canario, alegremente.”

Abrí la persiana.

—Carlitos, qué suerte que vino.

—¿Pero cómo no voy a venir? ¿Acaso dudabas de mi palabra?

—No, para nada. Espere que ya salgo.

Fui a la cocina y abrí la lata de las galletitas; despacio, para que no me escuchara mi vieja. Me llené las manos de bizcochitos y salí a la calle.

—Entre, sentémonos acá —lo invité a pasar al porche.

—¿En qué estábamos?

—¿Quiere bizcochitos? —le ofrecí, abriendo las manos.

—Cómo no; muchas gracias, pibe. ¿En qué estábamos? —insistió.

—En que usted y Gorja entraron al túnel con los enanos, para escapar del Frankenstein.

—Ah, sí, era un lugar abandonado de Obras Sanitarias…



“… una cueva tan oscura que ni las antorchas que improvisaron los enanos podían iluminarla. Estaba lleno de gente, hasta el fondo, si es que había un fondo.

Gorja me presentó a su familia y a algunos vecinos:

—Estas son mi mujer y mi hija, Elisa y Juana Mercante, señor Carlitos; éste es Pablo Mercante, mecánico; éste es Julio Mercante, pescador; ésta es Sofía Mercante, vendedora…

Los fui saludando uno por uno. Todos tenían más o menos la misma estatura, salvo por un señor que estaba sentado a un costado. Cuando se puso de pie, me impresioné. Era bastante más alto que yo; su cabeza tocaba el techo y por eso debía caminar inclinado.

—Buenas —me ofreció la mano.

Lo miré con un poco de miedo.

—No tema señor —me tranquilizó Gorja—, es alto pero es buen hombre; alguna cuestión genética lo hizo crecer más de la cuenta. Se llama Aldo, es el famoso enano gigante. Trabaja en la Municipalidad, se encarga del mantenimiento del alumbrado.

—Qué tal —lo saludé.

—¡Muchas gracias! —me encaró la esposa de Gorja cambiando de tema—, por haberle salvado la vida a mi esposo.

—No hay de qué, señora.

—Estamos en deuda con usted —siguió—. ¿Tiene hambre?

Antes de que pudiese contestarle ya tenía un plato de guiso en la mano.

—Gracias —le dije—. ¿Tendrá un poco más para mi compañero? —le señalé al gato.

—Pero cómo no —y le puso un plato en el piso.

—¡Atención! ¡Atención! —pidió un enano—, está por empezar la asamblea en la parte ancha. Cada familia debe mandar un representante.

—Venga —me invitó Gorja—, acompáñeme.

Tanto el gato como yo, comimos lo más rápido que pudimos y después lo seguimos a Gorja hacia el interior del túnel, lentamente, porque Aldo, el enano gigante, venía con nosotros caminando muy despacio, por ir agachado.

Avanzamos más de trescientos metros y llegamos a una curva. A partir de ahí, el camino empezó a zigzaguear. Delante nuestro, la peregrinación de antorchas que cargaban los representantes parecía una serpiente de fuego. Era una visión terrorífica. Todos iban tarareando la melodía de la marcha peronista. Era una canción sepulcral. En el techo, la humedad había formado miles de estalactitas sobre las vigas.

—Esto parece la entrada del infierno. ¿Falta mucho, Gorja?

—No, señor Carlitos; ya casi estamos.

Hicimos unos pasos más y el camino se abrió en tres. En el centro, una escalera desembocaba en un nivel inferior donde había piletones de distintos tamaños y una gran explanada; a los costados, dos corredores con barandas rodeaban la plataforma de abajo y desaparecían, unidos, del lado de enfrente, en una puertita que parecía cerrada, a media altura sobre la pared.

—Esta planta —me explicó Gorja— fue construida para abastecer de agua a todos los barrios bustos del campito. Se alimentaba de ríos subterráneos, pero a mediados de la década del sesenta se secó completamente. No se sabe bien qué pasó, pero algunos creen que fue un atentado de la oligarquía, que nos habrían chupado el agua de las vertientes con bombas gigantescas, supuestamente instaladas del otro lado de la General Paz, escondidas en los terrenos que Vialidad Nacional tiene en Villa Lugano.

—Qué bárbaro. Y decime, ¿aquella puertita adónde lleva?

—Es la salida de emergencia; da a una escalera que sube hasta la superficie, cerca de los campos galvanoplásticos.

—Va a empezar la asamblea —nos avisó Aldo, el enano gigante.

Tan concentrado estaba en la estructura del túnel que me había olvidado, por un momento, de la cantidad de gente reunida ahí abajo. Había mucho nerviosismo. Algunos gritaban; otros cantaban canciones políticas.

De pronto un enano, vestido con poncho patria, se subió al borde de uno de los piletones, que en este caso servía como una suerte de escenario. Los representantes, eufóricos, empezaron a corear su nombre:

—¡Cardenaaal!¡Cardenaaaal!

—¿Quién es ese? —pregunté.

—Cardenal Mercante —contestó Gorja—, el caudillo de nuestro barrio.

—“El compañeero Cardenaaal es un tesoooro nacionaaal! —gritaban ahora.

—¡Compañeros! —gritó Cardenal, y los representantes gritaron más fuerte.

—¡Compañeros! —insistió el caudillo, y la gente hizo silencio—. ¡Están atacando al Barrio Mercante! ¿Qué vamos hacer al respecto?

Los que estaban adelante empezaron a cantar:

—¡Paredón, paredón, a todos los gorilas que no quieren a Perón!

Enseguida se sumó el resto de la gente y la cueva retumbó. Todos saltaban. El final de la canción se repetía por el eco.

—¡Paredón, paredón, a todos los gorilas que no quieren a Perón Perón Perón!


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El campito - anteriores

1 - Carlitos el borracho y su historia del gato montés

2 - Riachuelito

miércoles, agosto 22, 2007

Nota sobre el interpretador

por Sabrina Campos


SC: ¿Cómo surgió la idea de hacer la revista?

JDI: Venía escribiendo desde hacía tiempo. En el año 2002, quería empezar a publicar, pero todos los espacios parecían cerrados. Entonces, conocí internet. Mandé colaboraciones a diferentes revistas, casi todas españolas (Babab, EOM, The Barcelona Review). Las únicas argentinas de esa época, que seguían una lógica revisteril y no tanto de portal, eran Axxón y La idea fija.
Estaba tan entusiasmado con el nuevo soporte que pensé en hacer mi propia revista, aunque no sabía nada de diseño ni programación. Entonces habré escuchado un consejo de Fabián Casas, “hay que hacer el medio que uno necesite para lo que se quiera decir”, así que me interné un verano y estudié diferentes tutoriales que me fui bajando de la web.
A finales del 2003, convoqué a varios compañeros, provenientes algunos de un grupo de lectura que se llamaba “El potrero” y otros del seminario sobre Narrativa Argentina de los 90 que dictó Silvia Saítta. La revista se llamaría La máquina excavadora.
Por diferentes motivos, aquella publicación tuvo un solo número. A los dos meses, inicié una nueva revista: el interpretador. La empecé solo, con un consejo editorial imaginario. Después, con el paso del tiempo, fui invitando a algunos amigos para que se sumaran, hasta llegar a ser diez personas.
SC: ¿Cómo fue el proceso por el cual pasaron de ser una revista más de Letras en la Web, de las que hay miles, a convertirse en una especie de referencia clara en la materia?
JDI: En realidad, no hay tantas revistas en la web, o no las había en aquella época en Argentina; sí había blogs, foros, portales y bibliotecas. La idea con el interpretador era hacer una revista clásica, con portada, sumario de número, tapa y contratapa, que reemplazara su contenido en bloque. Creo que esta adaptación del formato tradicional al nuevo soporte tuvo importancia en relación al proceso de legibilidad que muchos nuevos internautas, sobre todo gente grande, estaban experimentando. En ese sentido, el interpretador fue recibida, desde el comienzo, como una revista similar a las de papel, siendo más fácil su legitimación, más que nada teniendo en cuenta que, como todo lo nuevo, Internet también generaba desconfianza. Pero más allá de esto, lo más importante fue la consolidación del consejo editor, el trabajo y la dedicación que todos mis compañeros pusieron a la hora de armar cada número, de conseguir y/o escribir buenos textos, de pensar modos potentes de intervención. Finalmente, todo ese laburo fue reconocido.
SC: ¿Cómo hacen el trabajo de colaboraciones? ¿Quién puede colaborar con la revista? ¿Cómo se hace la selección de calidad de los contenidos?
JDI: Cualquiera puede mandar sus textos. En los últimos tiempos, el caudal de colaboraciones ha ido en aumento. Recibimos un promedio de 5 colaboraciones diarias, tanto de Argentina como del resto de Latinoamérica y España. Se complica un poco leer todo, pero por ahora nos las vamos arreglando. Además, pedimos textos a autores que nos interesa publicar.
SC: ¿Cómo es el funcionamiento interno de la revista? ¿Quién toma las decisiones? ¿Cómo se decide el tema principal de las notas de cada número?
JDI: En esta época la revista es trimestral. En el período anterior a la salida de cada número, elegimos un coordinador (rotativo) que se mantiene al tanto del trabajo de todos. Esta persona se mantiene en contacto directo conmigo, que soy el que se encarga del diseño y la estética visual. La revista está dividida en secciones (narrativa, poesía, aguafuertes, etc.). Para trabajar cada zona, nos dividimos en células de dos o tres personas. En las reuniones (semanales), cada célula informa al resto del trabajo de selección y edición que viene haciendo. De este modo, todos estamos enterados del sumario general. Cada célula se encarga, además, de corregir los textos de su sección, de conseguir los datos biográficos de los autores, de presentar, en algunos casos, las obras. Por otra parte, los números suelen tener uno o dos dossiers temáticos. Esto solemos discutirlo y trabajarlo entre todos; es, probablemente, la zona del sumario donde la línea editorial se hace más evidente. Mis compañeros de la revista son Inés de Mendonça, Camila Flynn, Marina Kogan, Juan Pablo Lafosse, Juan Leotta, Juan Pablo Liefeld y Sebastián Hernaiz. Además, trabajaron en la sección artes visuales Mariana Rodríguez Iglesias, Juliana Fraile y Florencia Pastorella.

SC: La revista se hizo famosa por su diseño y en especial sus ilustraciones de tapa y contratapa ¿Cómo se eligen las imágenes de ilustración? ¿Qué criterio o búsqueda estética está implicada en la elección?

JDI: El diseño lo fui armando de a poco, a medida que fui aprendiendo más cosas. La evolución puede verse si se revisan los números anteriores. Los primeros tienen poco sentido de la composición, tamaños de fuente grotescos y por momentos mal gusto. El fondo negro en los marcos y la letra negra sobre un fondo de textura gris son elementos que estuvieron desde el comienzo; esta estructura la tomé del diseño de la revista EOM, de Barcelona. En cuanto a las tapas y las portadas, todas las fui eligiendo de distintas galerías de arte contemporáneo. Fue un trabajo de búsqueda que me llevó mucho tiempo, y también placer. A partir del número 8 –que tiene tapa de Mark Ryden-, la revista empezó a teñirse de sangre y a seguir, generalmente, una línea de ilustración tipo hentai, donde prevalecieron suicidios y flagelaciones, casi siempre de niños. Además de Ryden, recurrí a artistas como Odd Nerdrum, Blanka Dvorak, Hasama, Tetsuco, Kolaboy, Marcel Dzama, Trixis y Seonna Hong, entre otros. La estética tuvo éxito enseguida. Personalmente, prefiero tomarla metafóricamente. Ahora se me ocurre que esos niños somos nosotros, hijos sensibles del capitalismo, sangrando sus angustias privadas en la literatura que se hace pública en la web. Esas imágenes son modos de representación de expresiones viscerales: la literatura, el arte y el pensamiento.
SC: Han tenido colaboraciones de escritores, críticos, han estado en la boca de personas importantes del medio, ¿Cómo fue el proceso que tuvieron que pasar para conseguir este tipo de atención?
JDI: Se fue dando solo, por trabajo y constancia. Creo que al principio la revista entró por lo estético; llamó la atención desde ahí. Los autores que publicaban quedaban contentos con la presentación de sus textos. Después, fue una bola de nieve. La idea siempre fue mezclar autores reconocidos con otros inéditos. En cuanto a los “famosos”, simplemente empezamos a pedirles textos a quienes nos interesaban, y la mayoría nos mandó algo, porque, conocidos o desconocidos, con aura o sin aura, del mundillo o del mundo, all you need is love.

SC: Toda revista, por más que se aloje en internet, suele requerir un mínimo mantenimiento. ¿Cómo se financian ustedes?

JDI: Al principio, poníamos guita de nuestros bolsillos; después, en un momento, conseguimos un subsidio, que ya se acabó, o sea que ahora vamos a tener que poner plata nuestra de nuevo. Igual, estamos pensando en juntar fondos con algún evento, o algo así. Está por verse.
SC: ¿Qué opinan de las otras revistas del medio? ¿Las consideran una competencia? ¿Hay posibilidades de compartir el mismo ámbito y los mismos temas sin caer en una competencia? ¿Se compite por el lector de internet aunque no se compita por dinero?

JDI: No pensamos en términos de competencia. La literatura es un hecho social, se moldea colectivamente. Los diferentes proyectos y publicaciones, las revistas y los blogs, se vinculan en mayor o menor medida y se retroalimentan, en los debates y en la difusión.
SC: ¿Tienen pensado desarrollar algún otro emprendimiento (lease Editorial, revista en papel, subproducto, charlas, lecturas, etc.) como desprendimiento del éxito que tuvo El Interpretador en la Web?

JDI: A veces organizamos lecturas. Si tuviéramos plata, y tiempo, probablemente sacaríamos algo en papel. De todos modos, el interpretador está ligado estrechamente al soporte virtual, nació y creció en él, y me animaría a decir que allí morirá, algún día, adornada de links rotos y páginas de error 404.
La verdad es que le debemos mucho al soporte: los bajos costos, las herramientas y programas que nos permitieron darle forma, su circulación masiva (la revista alcanza un promedio de 3000 visitas diarias).
SC: ¿Se defiende una línea política y/o línea de lectura y/o concepción de la literatura para el interior de la revista? ¿Cuáles?

JDI: Como en todo grupo, hay distintos intereses y gustos. Pero es como dijo el General: “… los hay combativos, los hay contemplativos, los hay ortodoxos, los hay heterodoxos, pero todos trabajan”.


http://www.elinterpretador.com.ar/

lunes, agosto 20, 2007




de hoy a la tarde con la guitarra

Lam fam mi7 lam

Rueda la rueda
el micro que lleva
los pasajeros
que levanté

de todas las manchas
de las humedades
en la pared.


Rem sol7 doM Fam Rem SolM DoM lam Fam Mi7 Lam

Azúcar de vidrio
revuelta en el cuerpo,
si no fuera dulce,
si no fuera rica,
si no fuera fresca.


Rem sol7 doM mim lam fam Lam fam mi7 lam

Porque al final
las piedras son blandas como el pan
y el pan
si está servido en la mesa está duro y no se puede comer.
Porque al final
las calles son blancas como la sal
y la sal
si está servida en la mesa es amarga y no se puede probar.


Rem sol7 doM Fam Rem SolM DoM lam Fam Mi7 Lam

Azúcar de vidrio
revuelta en el cuerpo,
si no fuera sangre,
si no fuera hueso,
si no fuera carne.