martes, enero 31, 2006

Rexistencia 23 - La última de Totó el oxidado

Totó el oxidado sigue con nosotros, todavía no pudimos ubicarlo. Parece que va a ser un perro grande. Ya pesa 12 kilos. Está muy lindo. Es atigrado -como algunos Boxer o Pitbull. Tiene orejas gigantes. Acostumbra tener una levantada y la otra caída. Es muy pero muy quilombero. A Ayax lo vuelve loco, pero igual se re quieren. Son amigos, juegan todo el día.

Ayer, dejé el lavarropas andando (estoy obsesionado en bajar la pila de ropa sucia del tacho, y lo estoy logrando!) y me fui a mi pequeño cuartito blanco a diseñar. Puse música bastante alta. Cuando escribo o diseño, entro al éxtasis del cuartito blanco con música y me olvido del mundo.

Habrán pasado cuarenta minutos. ¡La ropa! Fui a ver qué onda la ropa. Entré a la cocina, ¿pero qué es esto?: Totó flotaba en medio de una laguna descomunal en un disco de plástico que le regalé. ¿Pero qué pasó? Totó me miraba con su clásica caripela de yo no fui. Pero fue. Se ve que agarró la manguera de la descarga (hace días que la muerde) y la sacó de la rejilla. La apuntó exactamente hacia la cocina. Para colmo, el lavarropas -que ya no quiere más- se traba a cada rato. Y esta vez se trabó en la descarga. Es decir, estuvo saliendo agua a chorros durante mínimo, no sé, 25, 30 minutos.

Pero la cosa no termina en la indundación de mi casa (cocina, patio y un poco de Living).

Tocaron el timbre. Era una vecina alarmada. Estaba con un balde y un secador: se había inundado todo el pasillo. Nooooo! -me quería matar. No sólo el pasillo. El agua hizo cataratas por la escalera (yo vivo en el primer piso) y llegó hasta abajo, inundando el hall de Planta Baja. Llegaron más vecinos, con miradas acusadoras. Les dije que hubo un accidente con el lavarropas, que se había roto la manguera y que yo estaba en el fondo. De Totó no les dije nada.

Limpiamos y limpiamos y después de limpiar el edificio durante un buen rato, volví a mi casa para secarla. Antes de entrar, me llamó una mina que había bajado del segundo. Tená un celular en la mano. El administrador estaba en línea!. Me preguntaba si ya estaba todo resuelto, si tenían que mandar gente para ayudar. La mina me miraba tan acusadora como el resto de los vecinos, que, poco a poco, volvían a sus casas, trapos en mano.

Entré. La laguna de la cocina tenía olitas. A Totó lo quería matar, aunque al mismo tiempo me daba mucha risa pensar que un ser tan pequeño fuera capaz de armar tanto quilombo. ¿Pero dónde estaba el muñeco? Antes de salir a limpiar en el pasillo, lo había encerrado en el balcón. Pero ahora no estaba. ¿Se quiso suicidar y se tiró a la calle? Pobre, capaz que se sentía culpable, ¿no? No. El guachito había levantado la persiana (cerrada!) de mi pieza (mirá la fuerza que tiene!) y estaba tirado muy pancho en mi cama.
Rexistencia 22 --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

lunes, enero 30, 2006

Kondoh Akino - Densha

Desorden arial

Se puede ver a un hombre alimentándose de otro hombre más pequeño, se pueden ver despojos a su alrededor, cerca un riachuelo, lejos un cielo gris que parece pintado con lápiz. Se pueden ver dos manchas oscuras en la cara del antropófago: bóvedas negras ganadas al hueso donde los ojos parecen flotar como estrellas muertas en un cielo podrido, como ojos de pescado muerto. Se podría ver una tercera persona, tan descarnada como los otros, pero allí la imagen está cubierta por pastos muy altos. El hombre pequeño no tiene fuerzas. El antropófago le raspa la cabeza con los dientes y con este método lo va despellejando hasta que el cráneo queda completamente al aire. Hoy en Primera Junta una señora fue atropellada. Yo pasaba por ahí y me acerqué para ayudar. Primero busqué un policía a la redonda, a la vereda de enfrente cerca del subte, pero no lo encontré. Mientras tanto, el aire incendiario me carcomía el cuerpo, que transpiraba la ser citrus finamente gasificada que había tomado antes de salir. Volví junto a la señora tirada en la calle. Me encargué de ordenar el tránsito. Mi objetivo era proteger las piernas inmóviles de la señora frente a los colectivos que pasaban a todo lo que da. Hacía señas con la mano pidiendo que aminoren la marcha. Me empezaron a hacer caso. La gente miraba por las ventanillas. Esa ambulancia del PAMI llegó rapidísimo. Qué bien. La levantaron. La llevaron. Creo que al final no estaba tan mal. Nunca se sabe. Después, en un cine de Caballito, se cortó la película que estábamos viendo. La gente se puso nerviosa. Hace tiempo, cuando estuve en Puerto Madryn, acampé atrás de una estación de servicios, sobre la ruta 3. Se llamaba El Tenaz. La primera noche me despertaron unas linternas y unas voces. Era la policía. Me palparon de arriba a abajo y después se fueron. Entonces volví a la carpa y al sueño, aunque el viento que había ahí te volaba, así que tuve que salir otra vez y atar los vientos de la carpa a un alambrado que estaba cerca. Volví a dormir. El piso no era tan duro como el de Caleta Olivia, 20 días después.

Asko Künnap

viernes, enero 27, 2006

Objetos maravillosos 5 – Levante con muletillas

Piel de oro, rojo enfermo,
el amor ambidiestro,
de la luz hacia lo oscuro
magia veneno...
Vuelto otro alter ego
el costado siniestro,
de la luz hacia lo oscuro
magia veneno...

Catupecu Machu








Me acerco a tres chicas en un bar de Palermo.

—Hola. ¿Quieren ver los mejores anillos?
—Bueno, si son los mejores.
—Gracias. Pueden probarse, están ansiosos de abrazar a sus dedos.
—Jaja.
—Agrego los mejores aros. En este caso, quieren balancearse en sus orejas.
—Jaja.
—Manéjenlos con cuidado porque tienen inmensos poderes afrodisíacos.
—Guaauuu!!! ¿Y funcionan con vos? —me dice una morocha, mientras se pone un anillo grande con piedras blancas.
(criiiiiiiiiiiiiiiii)
—Esteeee, sí, no me apuntes que me está dando palpitaciones.
—Jajaja, pero este chico además de vendedor es poeta.
—Sólo cuando tengo a las musas cerca, que me inspiran.
—Jajaja, ¿cómo te llamás?
—Juan, ¿y vos?
—Lucía.
—Encantado.
—Igualmente.
—¿Y ustedes cómo se llaman?
—Sol.
—Mariana.
—Ok. Un gusto.
Ahora Lucía se prueba un anillo azul.
—Ojo, que ese es muy poderoso, se llama Eleva tu glamour hasta las nubes. Todos tienen nombres.
—¿Sí? ¿Y este aro cómo se llama?
—El péndulo de la lujuria.
—¿Y este anillo?
—La gota que rabalsa el vaso.
—¿Y este rojo?
—Brillitos embriagadores, y no tengo adjetivos para describir lo bien que te queda.
—A todas les decís lo mismo —me dice Mariana—, vos ya me vendiste.
—Bueno, tengo muletillas, pero también soy capaz de decir otras cosas.
—El anillo que te compré se me rompió.
—Y... lo que pasa es que a veces el poder afrodisíaco es tan fuerte que el anillo explota.
Las tres se ríen. Lucía me dice:
—Me llevo éste —y me muestra el anillo Brillitos embriagadores.
—¿El tamaño va bien?
—Me queda un poco grande.
—Dame que lo achico. Igual tienen un sistema revolucionario de regulación.
—Jajaja.
Achico el anillo, le tomo la mano y le pregunto en qué dedo. Me dice que en el anular.
—Ja, se van a casar —dice Sol.
—Sí, ¿no querés casarnos vos? Cuando se lo ponga, tenés que decir "Puede besar a la novia".
—Bueno.
Lucía no dice nada. Le pongo el anillo y espero que la amiga diga lo suyo.
—Puede besar a la novia.
—Me acerco a Lucía y le doy un beso en la boca.
Las amigas aplauden. La gente que está sentada alrededor nos mira.
—Deseo fervientemente que me des tu teléfono.
—Bueno.
Me lo anota y me despido, sin darle ningún beso, ya que otro beso en la boca sería demasiado meloso, y uno en la mejilla después del otro no da ni a palos.
—Chau.
—Chau.

Objetos maravillosos - 4 ------------------------------------------------------------------------------------------------