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"—¡Dicen Viva Perón! —Gritó Huevo, uno de los coordinadores de la Pastoral a quien la borrachera no le había impedido subir al techo—. ¡Las velas en el piso dicen Viva Perón!
Nos pusimos de pie y tratamos de ver, pero no se notaba nada, apenas veíamos un montón de botellas y velas desparramadas. Huevo dijo que desde arriba se veía bien, que nos subiéramos. Racu propuso que había que subir entonces, porque eso había que verlo, que los niños y los borrachos siempre decían la verdad.
Uno a uno, nos fuimos trepando al alero. Una vez arriba, Huevo nos fue marcando la figura. La imagen era difícil, pero si aprendías a unir las velas correctas, como hacía uno en el cielo con las estrellas cuando dibujaba figuras de animales o de hombres, entonces podías descubrir una V gigante que tenía en el medio una P. Casi todas las velas estaban apagadas, pero algunas, por el viento, se habían prendido de nuevo y por eso el símbolo titilaba."
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"A eso de las cinco de la mañana sucedió algo insólito. Rezábamos un rosario misionero a la Virgen villera, cuando en el último denario un chirrido fuerte empezó a contestar los avemarías. Nos miramos, sonriendo. Todos movimos la cabeza, sin dejar de rezar, buscando por curiosidad el lugar donde podría estar aquel grillo. Pero como suele pasar con estos insectos, el canto confundía y cada uno indicaba un lugar diferente. Huevo señalaba la canaleta del alero, mientras Pelotone el techo de la Casa Parroquial y el Racu las velas en el patio. Era un misterio sin sentido, porque no pasaron ni dos cuentas del rosario de madera, cuando todo el lugar empezó a llenarse de bichos, que ahora sí podían suponerse, oscurísimos, saltando o volando entre las paredes, entre los techos, entre nosotros. Era una verdadera plaga, contestando el llamado del primero, que quizás llegaba desde el campito aledaño o en una de esas desde otra parte, de otras oscuridades más alejadas de la Provincia, una plaga de grillos salida de la cabecita negra de la Virgen de Luján. "
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"Curas y laicos, medio dormidos y medio despiertos, quedamos envueltos en la nube de bichos, cada vez más espesa. La V formada en el patio desaparecía de la vista. Yo recordé que otras veces, en el campito, había entrado con mis amigos a las nubes de mosquitos o de mariposas, pero nunca había estado en una de grillos. Lo más raro del asunto, comentaban los más grandes, era que pasara algo así en pleno otoño, que era más común en verano. Era el milagro, se ponían de acuerdo, que todavía no se había acabado, el milagro de la V que atraía a los animales de los alrededores, como los lobos y las palomas en Asís, como las cabras y las ovejas en Fátima."


