sábado, noviembre 18, 2006

Mi pieza























Esta parte del departamento, más oscura,
está enferma de fiebre, una fiebre baja que aparece primero
metida en la respiración y la humedad, y que después aumenta con el dolor
que abre la mordedura hasta la profundidad del ambiente.
Acá es difícil comer, pero sobre todo beber,
porque el encierro produce espasmos en la laringe.
Cuando el tiempo pasa y las cucarachas estropeadas se corren,
la inquietud crece hasta la excitación,
que agota los restos de aire con su bombeo.
Muebles de madera perforada por chinches y gusanos
reducen todavía más el espacio ya carcomido por los temblores
que la casa sufre debido a la edad y la nostalgia por otros dueños.
Si le hablo, las contracciones musculares le marcan las arrugas
y los horribles injertos de cemento de las capas superpuestas.
La computadora ilumina el cuello de mi nido con su pantalla cenicienta,
como un faro que se montó sobre la mesa para guiar a los desorientados
que se me ocurren en los poemas interrumpiendo la luz.
Tu apariencia, piecita, es la consecuencia de una enfermedad incurable,
seudoflora y seudofauna de mi mundo paralelo, estructura viral.
Cuando llego por la calle Bogotá doblando Caracas en Flores dormida,
la puerta peligrosa abre las piernas al vendedor ambulante
que vuelve hecho un Juan Diego listo para probar los gustos
del horror o la belleza.
Entonces una parte del cuerpo pierde sensibilidad,
la boca babea, el estrés aumenta,
la tensión se hace más fuerte,
explotan las arterias
y llegan las convulsiones.


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ilustración: Rain Polsky

jueves, noviembre 16, 2006

La contraposición























Va por los ambientes buscando la otra parte
pero con ese ojo no se puede hacer nada,
es una cosa decorada para eventos sociales.

Cuando se tapa la cara se abre una cueva
en las paredes que atardecen blanquísimas
hasta que la oscuridad del núcleo las carcome.

Si se interna en el pasillo por la contracara,
una sensación le adormece de arriba
la verborragia, el hambre y los síntomas.

A esta altura del año las lámparas cuelgan secas
de un techo que se está desmoronando
como una risa íntima y solitaria, una risa de loco.

De la ropa no quedan más que harapos,
al doméstico se lo traga la tierra
y la desnudez se cose a cielo abierto.

La casa se derrumba sobre el tesoro miserable;
la sacudida violenta cambia la carne
y de a poco crece una cola de golondrina.

Levanta descascarado encima de los monólogos
y el tedio, sobre el museo, los artistas y el arte,
para perderse en una nube oscura y espesa.

La respiración le quita el vocabulario
pero no el habla, que se asoma de su garganta
con el niño trepado al árbol.

Un pájaro recién nacido recién ahora canta;
es un pájaro hermoso que ignora lo que debe ser
y vuela, como quizás lo veremos.

Reinaba una calma completa, pero hoy
llueve torrencialmente; brillan los relámpagos
y los truenos abren la cueva en el departamento.

Abajo quedan los muebles y los huesos
del viejo propietario; el resto desaparece
en la boca de la tormenta eléctrica.


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ilustración: Pete Revonkorpi

martes, noviembre 14, 2006

El lado del pájaro













En los labios babea una especie de suspicacia;
tonada del domingo hecha a propósito el lunes.
La saliva inventa cosas que a la rabia se parecen,
pero escucharlas me da nuevas ideas.

El gran insolente enojó a la señorita,
que miraba con placer las hojas en blanco.
Deseé con violencia sus ratos libres,
y dije fue una mala yerba esto que conseguí.

Los pájaros taparon mi cielo azul en su viaje a la nada;
las melodías son hermosas pero la oscuridad se cierra;
los objetos parecen fantasmas, la ropa cobra vida.
Cuando eso sucede, todo puede pasar.

Dos personas aparecieron en la puerta hoy a la mañana,
cuando el día se puso ruidoso por los autos.
Mueren casas, mueren parientes, también muere
uno mismo. No sabe tampoco el que nada sabe.

Suele colorearse de rojo mi pecho, o mis mejillas,
si toco la guitarra, si hablo fuerte o simplemente
cuando me ponen la vista encima.
Los ojos del día son cada vez más.

Casi tengo ganas de creer en este cuadro
seductor que revuelve la sangre,
que te vende un mejor hombre por ser triste
y perderlo todo cuanto antes, por grandeza.

Donde piso se agrieta el suelo y puede verse
el infierno, pero yo nunca caigo, al menos no por ahora,
porque la fuerza física, o la casualidad, siempre deja
una baldosa para que apoye mi pierna flotante.

Los sentimientos pueden cambiar
aunque el lugar parezca quieto.
¿Quién soy yo con esta cara?
¿Te pasaste la noche entre muertos?

No son para vos estas novias;
decile, enano de la suerte,
dónde va a parar la rueda rápida,
que el hombre espera el resultado.

Chico se hacía, mal se lograba,
tenía los ojos en puntos
colorados de alergia,
fijos en un instante soñador.

Arriba en el alto se meten las aves
y dan vueltas alrededor del árbol
que creció pese a todo en mi baldío
raspado por la edad.

Esos pájaros te llevan a lugares.
Se arreglan la barba, se cortan el flequillo
y salen enseguida, en viajes a dedo por el aire,
persiguiendo el brillo en el buen pasar.

Tirado en la silla con la cabeza pesada
y un dolor negro a lo largo de la nuca y la espalda,
les pedí que me sacaran por lento que fuera
de mi estática altura, donde no cabe nadie más.

Las ilusiones son formidables.
Aterrizan contra la mente del hombre rígido
y después la despedazan, para sacarle los gusanos
que alimentarán a sus hijos.

Hay un pájaro que resistió la vida doméstica;
él les avisó a los que ahora vuelan alrededor
de mi cuerpo, a los que toman el agua de mi saliva,
a los están trepados a las cuerdas de mis vocales.

Tengo que decidir qué hago con mis cosas,
si las tiro, si las presto o las regalo.
No se debe andar muy cargado
cuando la distancia es tan larga.

Ella me visita porque quiere despedirse,
pero yo sigo en otro mundo.
No son las ganas de hablar lo que me falta,
es que cualquier asunto parece ridículo.

Mañana va a caer una lluvia de polvo
para ahogar por completo a los vecinos,
al supermercado de enfrente,
a la calle y la propia casa.

Yo voy a estar afuera,
en una extraña juventud.
Va a ser tan simple en el fondo
que ni me voy a dar cuenta.

Un hermoso bailarín me dirige la palabra,
dice que tenga cuidado con los picos voladores
porque pueden arrancarme los ojos.
Yo no sé si creerle.

Quiero probar mis extremidades
ahora, por encima de estos techos.
No sé para qué espero tanto,
si nada me impide el movimiento.

Son insultantes los minutos en el asiento
frente a la computadora y la repisa,
mientras otro Juan Diego resucita en la cresta
de las corrientes, con menos conciencia.

No digo aventuras para llenar el tiempo
ni distracciones sensoriales;
presiento que esta vez no alcanza
con disfrazar el vacío.

Algo flota en el sufrimiento,
se remonta muy lejos para encontrar
un malestar semejante y anularse
mutuamente, en un presente desnudo.

Esos pájaros te llevan a lugares.
Van por la cresta de las corrientes.
Es tan simple que ni te das cuenta.
Cuando eso sucede, todo puede pasar.


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ilustración: Trixis