domingo, julio 03, 2011

Copa llena de vino y se fue de la casa



El rollo de cocina se ha caído de la mesa y se desenrosca como una víbora que
estaba agazapada y ahora busca el charco entre mis pies. Los anillos tirados
en el vino tenían frases hechas con muchos adjetivos; ahora se aplastan
mudos contra el lecho de la vid, se les salen los poderes y las piedras.
Como todo lo que alguna vez decimos, o escuchamos de otros,
también las muletillas de venta pasan a formar parte del eco
individual. Cuanto mayor es la edad, el eco se hace más
fuerte y las charlas más difíciles. Estamos encerrados
en cuartos acústicos. Para hablar con alguien hay
que acercar bien el oído a la cerradura del eco,
embocar el hilo en el agujero de la aguja
como el sol clava sus rayos finales en
mi persiana donde ya las líneas
palidecen; hace un rato me
desperté de la siesta, las
figuras se convirtieron
en muebles. Él es
una remera
sobre la
silla;
ella
es,
encendida,
o apagada, un
ventilador de pie,
y la araña del
zócalo no
está
y la canilla
no gotea. La casa
está muda, parece que
piensa, que planifica. ¿Qué
ambiente alberga su cerebro?
Uno la intuye enmascarada tras las
paredes y las puertas que le dan esa falsa
apariencia de cosa, pero sé muy bien que ella está,
viva y coleando, buscando la maldita diversión a costa mía,
como ahora que aprovecha que estoy medio dormido y cambia las cosas
de lugar: el pan en la cama, la guitarra en el balcón, la llave en la heladera.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

las palabras son tus siervas

MariaCe dijo...

Qué lindo, che.

eugenia dijo...

me embebí qué ràpido terminé de beber, me encantó.

eugenia dijo...

me embebí, tintilla. me encantó

Juan Dé dijo...

=)