Copa llena de vino y se fue de la casa
El rollo de cocina se ha caído de la mesa y se desenrosca como una víbora que
estaba agazapada y ahora busca el charco entre mis pies. Los anillos tirados
en el vino tenían frases hechas con muchos adjetivos; ahora se aplastan
mudos contra el lecho de la vid, se les salen los poderes y las piedras.
Como todo lo que alguna vez decimos, o escuchamos de otros,
también las muletillas de venta pasan a formar parte del eco
individual. Cuanto mayor es la edad, el eco se hace más
fuerte y las charlas más difíciles. Estamos encerrados
en cuartos acústicos. Para hablar con alguien hay
que acercar bien el oído a la cerradura del eco,
embocar el hilo en el agujero de la aguja
como el sol clava sus rayos finales en
mi persiana donde ya las líneas
palidecen; hace un rato me
desperté de la siesta, las
figuras se convirtieron
en muebles. Él es
una remera
sobre la
silla;
ella
es,
encendida,
o apagada, un
ventilador de pie,
y la araña del
zócalo no
está
y la canilla
no gotea. La casa
está muda, parece que
piensa, que planifica. ¿Qué
ambiente alberga su cerebro?
Uno la intuye enmascarada tras las
paredes y las puertas que le dan esa falsa
apariencia de cosa, pero sé muy bien que ella está,
viva y coleando, buscando la maldita diversión a costa mía,
como ahora que aprovecha que estoy medio dormido y cambia las cosas
de lugar: el pan en la cama, la guitarra en el balcón, la llave en la heladera.
5 comentarios:
las palabras son tus siervas
Qué lindo, che.
me embebí qué ràpido terminé de beber, me encantó.
me embebí, tintilla. me encantó
=)
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